dilluns, 11 de febrer de 2013

Comerços centenaris



Article original aparegut a Kireei l'1 de febrer de 2012: Comercios centenarios
Foto de Meisi 

Tempus fugit, pero las piedras permanecen. Al menos, a escala histórica, porque a escala geológica todo se diluye en un cambio constante, ni las montañas lo resisten. A nuestra minúscula y brevísima escala humana, cien años son muchos. En cien años discurren varias generaciones, cambian la ropa, los peinados, los hábitos y hasta la manera de hablar. Cien años suele ser el umbral máximo hasta el que una persona corriente puede retroceder reconstruyendo la historia familiar. Más allá, la archivística y la imaginación rellenan huecos hasta que el rastro se pierde.
A no ser que vivas en una urbanización de construcción reciente, un paseo por el pueblo o la ciudad te recordará todo lo que fue antes que tú y serás consciente de todas las manos que tocaron aquel pomo, las bocas que saciaron su sed en aquella fuente, los pies que desgastaron aquellos peldaños. Rastros invisibles de otras vidas. Es posible incluso que en tu paseo te encuentres con un establecimiento centenario. Entrarás y tras el mostrador verás al bisnieto del fundador y, a su espalda, una fotografía sepia. Un hombre con mostacho y delantal, dos mujeres con falda hasta los pies, un niño con las rodillas peladas, la misma fachada, la misma puerta que acabas de atravesar. Casa fundada en 1886. Si hablas con el dueño te explicará su infancia entre las cajas del almacén, los relatos del abuelo acerca de cómo el bisabuelo inició el negocio, las historias de cuando su madre quedó al cargo porque el padre estaba en la guerra, y de cuando les concedieron cierta distinción, y del día que unos turistas entraron guía en mano para ver los mosaicos del suelo. Te hablará de la crisis, del futuro, de su hija, de sus nietos. Te hablará de su oficio, y de cómo ha cambiado todo, no importa si es farmacéutico, charcutero, panadero o sastre.
Y cuando salgas y sigas paseando por delante de outlets, franquicias, bazares y tiendas de telefonía, te reconfortará que existan esas anclas de larga cadena que nos unen al pasado y nos recuerdan de dónde venimos.
Todo esto para decir que me gustan los viejos comercios. Me hacen sentir bien.

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