dimecres, 20 de febrer de 2013

El temps o la vida


Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 3 (hivern 2012-2013). 
El número 3 de la revista estava dedicat en el seu conjunt a la LENTITUD.

Fotografia de Jackie Rueda de l'article a la revista 
(on surten les seves pròpies fotografies).


¿El tiempo o la vida?



“¡Estamos sobre el promontorio más elevado de los siglos! ¿Por qué deberíamos protegernos si pretendemos derribar las misteriosas puertas del Imposible? El Tiempo y el Espacio morirán mañana. Vivimos ya en lo absoluto porque ya hemos creado la eterna velocidad omnipresente.” Este es el punto 8 del Manifiesto Futurista de Marinetti, texto que supuso el punto de partida del Futurismo, un movimiento artístico de vanguardia que, con el paso del tiempo, se desveló como parte del caldo de cultivo que permitió el auge del fascismo. La eterna velocidad omnipresente: el culto a la máquina, a la carrera, a la bofetada, al puñetazo, a la guerra, al salto mortal… 

No quiero, ni pretendo, hacer una crítica moral a un movimiento artístico que sería muy pobremente juzgado desde una visión parcial e inexperta como la mía. Sin embargo, algo de este manifiesto nos recuerda la vida atropellada que muchas generaciones han llevado desde hace demasiado. Casi no hay tiempo para pensar en lo que se hace porque siempre hay algo que hacer de manera urgente. Más rápido, más rápido, lo queremos todo ya, lo necesitamos inmediatamente, lo devoramos con avidez y lo dejamos atrás sin parar de correr. Esta es la base de un sistema económico que se asenta en el consumo, en crear necesidades para colocar cada vez más productos en vez de cubrir las necesidades reales de la manera más efectiva y sostenible. De igual modo que nuestra economía se ha basado en traer al presente la riqueza futura, hipotecando a las siguientes generaciones, parece que en nuestra vida cotidiana se impone conseguir hoy a un precio muy alto aquello que hubiera llegado mañana por si mismo. En la vorágine del día a día la acción apenas deja espacio a la reflexión y hacemos las cosas sin haber sopesado los motivos para hacerlas y los objetivos que buscamos conseguir. Se ha impuesto la lógica del “cuanto antes mejor”. Naturalmente esto no deja de ser una generalización puesto que cada persona imprime a su vida un ritmo diferente, más allá de los condicionantes que se nos imponen – o que permitimos que se nos impongan.



Como reacción a esta manera apresurada de trabajar, comer, criar y educar a los niños, cultivar nuestros alimentos, relacionarnos, disfrutar del ocio y, en definitiva, vivir, han surgido voces que advierten de las nefastas consecuencias de la cultura de las prisas y loan las virtudes de la lentitud.

Si quisiéramos poner una fecha fundacional a este movimiento en defensa de la lentitud, podríamos remontarnos a 1986 cuando Carlo Petrini fundó en Italia el movimiento Slow food como oposición al Fast food. No se trataba solamente de comer con tranquilidad sino de preservar la cocina y los alimentos propios de cada ecorregión. El respeto por las tradiciones culinarias, los productos tradicionales, la educación del paladar, el rechazo al monocultivo, la crítica a los procedimientos de las grandes corporaciones alimentarias, el consumo ético y el comercio de proximidad, son algunos de los puntos que incluye el concepto Slow Food. Actualmente el movimiento está extendido por todo el mundo, con oficinas en Suiza, Alemania, Nueva York, Francia, Japón y el Reino Unido, además de la central de Bra, en el norte de Italia. Hay multitud de asociaciones Slow Food así como restaurantes “Kilómetro 0”, que se comprometen a la compra local – de productores en un radio de 100 km – y al uso de productos del Arca del Gusto – una lista de alimentos tradicionales en peligro de desaparición.

De este modo empezamos por el paladar a combatir lo que en 1982 el médico Larry Dossey bautizó como “la enfermedad del tiempo”; es decir, la creencia obsesiva de que “el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad y se debe pedalear cada vez más rápido para mantenerse vivo”. Dossey no había inventado nada nuevo solo había llevado al terreno médico lo que una década antes Michael Ende había reflejado en “Momo”. En esta novela se describen los hombres grises, gestores del Banco de Tiempo, que convencen a la gente para ahorrar un tiempo que jamás se recupera, conviertiendo la vida en estéril, monótona y apresurada. Este es el drama de un ahorrador de tiempo, el señor Fusi, engañado por los hombres grises: “Había caído sobre él una especie de obsesión ciega. Y si alguna vez se daba cuenta de que sus días se volvían más y más cortos, ahorraba con mayor obsesión”. Es lo mismo que afirma Carl Honoré, el autor de “Elogio de la lentitud”: “Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

Por el camino nos perdemos sabores, experiencias, relaciones, e incluso la infancia de nuestros hijos. Cambiamos tiempo por dinero que gastamos en cosas que no podemos disfrutar o que quizá no valen el tiempo que hemos invertido para conseguirlo. “Es mejor dedicar dinero a tener tiempo que dedicar tiempo a conseguir dinero”, afirmaba hace poco en una entrevista el corredor de montaña Kilian Jornet. Y es que la lentitud no significa moverse como un caracol, invirtiendo tiempos dilatados en cada actividad diaria. Se puede vivir lentamente mientras se corre. La lentitud es vivir haciendo lo que se desea, consiguiendo el tiempo necesario para aquello que vale la pena y descubriendo la paradoja de que el tiempo consumido sin ser vivido no es tiempo ahorrado sino desperdiciado.

Puede considerarse una frivolidad hablar de lentitud y de disfrute en momentos de crisis, cuando todo esto parece un lujo al alcance de unos pocos privilegiados con dinero suficiente para comprar su tiempo y dedicarse a la contemplación. Una creencia errónea, pues vida lenta no es contemplación improductiva. Vida lenta es trabajo bien hecho, es centrarse en lo importante, es eficiencia, es plenitud. Eso opina Carl Honoré cuando afirma que trabajar menos es trabajar mejor, que la lentitud nos permite ser más creativos y que es necesario plantearse seriamente a qué dedicamos nuestro tiempo. La pregunta más importante de todas, según él, es “¿para qué es la vida?”.

Mientras contestamos esa pregunta trascendental quizá nos sintamos inclinados a pensar en grandes vocaciones, en pasiones en las que volcarse, en oficios que nos hagan sentir realizados. Seguramente la mayoría de nosotros olvidemos, sin ser conscientes de ello, que la vida no empieza en la adultez y que los niños son personas, no proyectos de persona. Por lo tanto su tiempo es tan valioso como el nuestro y su derecho al disfrute igual de importante. Pero no es solo por placer – ¡o por salud mental! –  que la lentitud debe hacerse presente en la vida de los niños. Tal como afirma el maestro Joan Domènech “la educación, por naturaleza, es una actividad lenta. Los procesos educativos son lentos, porque los aprendizajes forman parte de un recorrido que pasa por una multiplicidad de estadios y de momentos”. Más, antes, y más rápido, no significan mejor. No respetar los ritmos de maduración de los niños, no tener en cuenta las diferencias individuales, ni dedicar a cada aprendizaje el tiempo requerido, solo puede desembocar en fracaso. Buscando la excelencia por vías inadecuadas conseguiremos pobres resultados académicos al inaceptable precio de niños infelices, estresados y ansiosos. Por otra parte, educación lenta no significa recrearse innecesariamente en contenidos superados ni hacerlo todo despacio. Significa encontrar el tiempo justo para cada persona y cada actividad; es decir, administrar el tiempo con sabiduría en el ámbito escolar.

¿Y fuera de la escuela? “Presionamos tanto a nuestros hijos que no les dejamos elegir su camino”, afirma Carl Honoré. El autor de “Bajo presión” afirma en este libro que los adultos hemos secuestrado la niñez y aplicamos la cultura del perfeccionismo consumista a toda nuestra vida, incluídos nuestros hijos. Honoré reclama una relajación en la planificación de la agenda del niño, más espacio para las emociones y tiempo para jugar. También es interesante la crítica que hace a la cautividad a la que es sometida la infancia, “de casa al cole atada en el coche” y siempre supervisada por los adultos. Esta observación entronca con el proyecto “Ciudad de los Niños” del pedagogo Francesco Tonucci, una propuesta que nace en 1991 en Fano (Italia) y que pretende tomar a los niños como parámetro y garantía de las necesidades de todos los ciudadanos en el gobierno de una ciudad. Se trata de construir una ciudad diversa y mejor para todos, en la que los niños puedan vivir de manera más autónoma y participativa. El eje central de todo el proyecto es la autonomía infantil: “Desde el inicio el proyecto ha asumido como uno de sus objetivos principales el hacer posible que los niños puedan salir de casa sin ser acompañados, para poder encontrarse con sus amigos y jugar en los espacios públicos de su ciudad: desde el patio de casa, a la acera, de la plaza al jardín. La necesidad de tener siempre el control directo de los adultos, impide a los niños vivir experiencias fundamentales, como explorar, descubrir, la aventura, la sorpresa, superando progresivamente los riesgos necesarios. La imposibilidad de probar estas emociones y de construir estos conocimientos, crea graves lagunas en la construcción de una personalidad adulta, en las reglas de comportamiento, de conocimiento y de defensa.”

Una ciudad amigable para los niños es también una buena ciudad para el resto de ciudadanos. Caminos escolares, pacificación de centros urbanos, desplazamientos en bicicleta… todo ello va configurando poco a poco una ciudad diferente, más tranquila, más humana. Ese es también el objetivo compartido de las ciudades adheridas a la red Cittaslow, una red de municipios por la calidad de vida nacida en 1999 de la mano de Paolo Saturnini, ex alcalde de la ciudad de Greve in Chianti (Toscana). Actualmente hay una larga lista de ciudades adheridas, todas con una población menor de 50.000 habitantes. 

La multiplicidad de movimientos relacionados con la lentitud, los éxitos de ventas de libros que abogan por una vida más lenta, los proyectos relacionados con el decrecimiento, y la popularización de actividades eminentemente lentas como la horticultura o las manualidades, nos hacen pensar que algo está cambiando y que cada vez son más las personas que han descubierto la gran estafa de los ladrones de tiempo.
“Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues para ellos nadie tenía tiempo.
Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón. Y cuando más ahorraba de esto la gente, menos tenía”. (Michael Ende, en “Momo”).

Enlaces de interés:
Movimiento Slow: www.movimientoslow.com
Slow Food: www.slowfood.com, www.slowfoodfoundation.com
Slow Food España: www.slowfood.es
Ciudades Slow: www.cittaslow.org
La Ciudad de los Niños: www.lacittadeibambini.org

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