dimarts, 5 de febrer de 2013

Fomentar la lectura

Article original aparegut a Kireei el 4 de juny de 2012: ¿Animar a la lectura?


Il·lustració de Quentin Blake sobre text de Daniel Pennac.


¡Tres años! Tres años pagando religiosamente el coste anual de una revista infantil, ¡porque leer es bueno!, ¡hay que promocionar la lectura!, y todo ¿para qué? Apenas miran la portada y la contraportada. En la contraportada hay una historieta que les hace reír. La tiran por cualquier parte. Me encuentro la revista en el sofá, bajo la mesa, enterrada bajo los álbumes de cromos. Ya me he cansado, les he dicho que los voy a dar de baja, porque nunca quieren leer solos ni siquiera un par de páginas antes de ir a dormir. Dicen que no les apetece. Que les lea yo un cuento. ¡Pero ya son mayores! Saben leer perfectamente, incluso el pequeño es capaz de leer solito. Pero son muy vagos. ¡Pues hasta aquí hemos llegado!


Ahora, otra versión de la misma historia:

Hace tres años que mi hijo mayor me pidió suscribirse a una revista infantil. Me hizo mucha ilusión porque era la misma revista infantil que yo también leía en la escuela. Nunca estuve suscrita, pero recuerdo esa revista con muchísimo cariño, así que suscribí a mi hijo mayor. Al principio solamente leía la historieta de la contraportada. Con su hermano, se tronchaba de risa… así fue como el pequeño empezó a interesarse por la revista también. De algunos números solamente han mirado los dibujos. De otras, intentaron poner en práctica sin mucho éxito algunas de las manualidades propuestas. Algunas veces han pasado varios números sin leer nada, pero ¿cómo voy a culparles si yo hago lo mismo con la revista de historia a la que estoy suscrita? Es cierto, a veces me leo hasta los anuncios con fruición y otras veces me doy cuenta de que ya tengo tres números atrasados sin leer, y la sensación de que es posible de que así se queden. Y eso que me encanta. Sin embargo, se que a veces mis hijos hojean su revista porque me la encuentro en diferentes sitios, como si se fuera desplazando sola. Y conocen a los personajes fijos, aunque no se de qué porque nunca los he pillado leyendo acerca de ellos. Creo que no les gusta que les vea leyendo, quizá tienen miedo de que si les pillo a media lectura les obligue a acabarla, o me tome eso como un precedente para una obligación inamovible. O a lo mejor temen que les reproche que pasan las páginas demasiado rápido “para habérselo leído todo” o que solo miran los dibujos.
Por la noche me piden que les lea yo. En voz alta. Y yo lo hago porque no quiero que asocien la lectura al penoso seguimiento de unas letras que todavía no tienen domesticadas. Prefiero que practiquen el descifrado cuando no hay más remedio, en la escuela, con los ingredientes de la caja de cereales, o con las instrucciones de un juguete. Los libros son para el placer, no para el sufrimiento. Así que disfrutamos de la lectura en voz alta, y veo como sus ojos miran más allá, ven mis palabras transformadas en una película mental, y espero con emoción pero mucha paciencia el día en que querrán quitarme el libro de las manos y devorar ellos mismos las palabras, las letras ya domesticadas, libres del penoso desciframiento infantil, directas al cerebro lector. Puede pasar a los 7 años, a los 10, o más tarde. Que dominen la mecánica no significa que hayan comprendido la magia.
Ayer por la mañana, cuando fui a despertar al mayor, encontré un cómic abierto sobre las sábanas y la luz de su cama todavía encendida.

Fomentar la lectura es una de las obsesiones de muchos padres y también de las escuelas. Por desgracia, tengo la sensación de que muchas veces nos marcamos como objetivo ver al niño con el libro abierto entre las manos y nos interesamos únicamente por el aprendizaje de la mecánica de la lectura primero y por la comprensión lectora después. Son aprendizajes importantísimos, pero no garantizan la pasión por la lectura. Esta no surgirá hasta que el niño encuentre “su libro” y se produzca el milagro de que las letras desaparezcan ante sus ojos y se abra una puerta cuyo umbral ha de atravesar solo. Mientras esto no sucede, nada tiene de malo (¡al contrario!) ayudarle a vislumbrar lo que hay tras la puerta a través de la lectura en voz alta, no importa la edad del niño. Creo que nos falta naturalidad, confianza y paciencia, y que estamos siempre apresurando procesos, marcando objetivos y ofreciendo recompensas innecesarias para motivar actitudes cuya motivación solo puede ser interna.

Una casa con libros al alcance, unos padres lectores, historias en voz alta a la hora de dormir, variedad de temas y formatos (conocimientos, álbumes ilustrados, novelas, cuentos tradicionales, cómic…), abandonar la actitud pedante ante la cultura y ofrecer libertad para leer y ¡también! para no leer, son suficientes armas, a mi parecer.

Pensando todo esto, leer Como una novela, de Daniel Pennac, fue una liberación, una alegría. Os recomiendo encarecidamente su lectura.
También está disponible en catalán. En el blog Libros y literatura tenéis una completa reseña.

Esta es la lista de los derechos de los lectores, según Pennac.

El derecho a no leer
El derecho a saltarnos las páginas
El derecho a no terminar un libro
El derecho a releer
El derecho a leer cualquier cosa
El derecho al bovarismo (leer para satisfacer nuestras sensaciones)
El derecho a leer en cualquier sitio
El derecho a hojear
El derecho a leer en voz alta
El derecho a callarnos

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