divendres, 14 de juny de 2013

La mirada


Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 4 (estiu 2013). 


La mirada. Gusto y estética para un mundo mejor


La ética es lo fundamental de la estética.
Ramón María del Valle Inclán

Las mejores obras de arte, sean literarias, plásticas o musicales, nos proporcionan algo más que un mero placer; nos informan respecto a la naturaleza del mundo.
Aldous Huxley

La mirada se atrae, se dirige, se derrama, se echa, se explaya, se extiende, se tiende, se detiene, se fija, se posa, se clava, se levanta, se lanza. La mirada no viene del mundo hacia los ojos trayendo verdades que recibimos pasivamente, ¡no! La mirada se proyecta hacia el mundo, cargada de nuestras propias verdades, y construye nuestra realidad al posarse sobre las cosas. La dirigimos a nuestros intereses, la extendemos hasta nuestros horizontes, la fijamos en lo que nos atrae, la levantamos hacia nuestras esperanzas. A veces tenemos la mirada perdida y no vemos nada, así pues el mundo se difumina ante nosotros. Otras veces volvemos la mirada y reconstruimos lo que ya pasó, lo que no estaba destinado al presente. A menudo resistimos la mirada del otro, que proyecta sus verdades sobre nosotros en una sorda lucha de voluntades. Las miradas pueden ser tiernas, duras, despectivas, inquisidoras, dulces, inteligentes, vivas, melancólicas, tristes, desesperadas. Con una mirada puedes fulminar, helar o devorar. Todo esto es la mirada. Y todavía no he hablado de los ojos, de la luz, del sentido de la vista o de las leyes de la óptica, ni ha hecho falta alguna.

En cambio sí que necesito hablar de otro concepto relacionado con el mundo sensorial pero que lo trasciende en la mayor parte de sus acepciones: el gusto. Pienso en el gusto como placer o deleite, como facultad para apreciar lo hermoso. En mi diccionario personal, ese que me he fabricado dentro de mi cabeza, mirada y gusto son ideas complementarias. Mientras la mirada se proyecta hacia fuera e ilumina la realidad, el gusto recibe y acoge – o rechaza – lo que nos llega del mundo. La mirada marcará nuestras acciones, pues actuaremos según cómo entendamos el mundo, y el gusto determinará nuestro criterio, ya que lo que consideremos bueno o malo será una impresión inmediata rara vez modificada por razonamientos posteriores. Llego así a una idea de la mirada y del gusto como una doble vía para comprender la realidad y transformarla.

Dice Alain Bergala, cineasta y profesor, “nadie se ahorrará nunca el tiempo que hace falta para formarse un gusto sobre el que se apuntalarán de manera perdurable sus criterios”. Esta afirmación aparece en el marco de su libro La hipótesis del cine, un pequeño tratado sobre la transmisión del cine en la escuela y fuera de ella. De esta sencilla afirmación, que Bergala hace en relación al gusto cinematográfico pero que se puede extrapolar a otros campos, deducimos dos cosas: que el gusto puede educarse y que este proceso requiere tiempo. Podríamos añadir, además, que ese tiempo de aprendizaje es, en gran medida, tiempo de “exposición”, pues no solamente se aprende a través del análisis crítico y los razonamientos intelectuales sino también por la vía de la emoción y el placer.

Otra cineasta y profesora, Margarita Ledo, insiste en la idea de que a mirar se aprende: “Aprender a ver es una experiencia larga y contradictoria que debe comenzar al abrir los ojos hacia cualquier imagen fabricada. Aprender a ver desde una cultura y en relación con las culturas en las que se produce cada imagen. Aprender la alteridad, la otredad a través de las imágenes. ¿Cómo se puede erradicar esta experiencia de los niveles educativos fundamentales?”. Educando el gusto y aprendiendo a mirar nos aproximamos al arte como vía de encuentro con el otro. Pero el arte, dice Bergala, “no se enseña, eso se encuentra, se experimenta, se transmite por vías diferentes al discurso del saber único y, a veces, incluso sin ningún tipo de discurso. El quehacer de la enseñanza es la regla, el arte debe ganarse un lugar de excepción dentro de ella.

Esa idea de ruptura, de excepción, de extrañeza, está muy presente en el proyecto de las escuelas de Reggio Emilia, una red de escuelas públicas de la región italiana del mismo nombre inspiradas por Loris Malaguzzi. Su proyecto consiste en una comunidad educativa que respeta la dignidad de los niños y sus múltiples formas de expresión. Parte importante del proyecto son los talleres, de los cuales Alfredo Hoyuelos, Coordinador de Talleres de expresión en las Escuelas Infantiles Municipales de Pamplona, dice en su ponencia Malaguzzi y el valor de lo cotidiano: “El taller de expresión es un lugar donde los sujetos pueden comunicar con múltiples lenguajes. Además a Malaguzzi se le ocurrió la genial idea de introducir en cada escuela a una persona que no provenía del mundo de la pedagogía. Sino alguien que provenía del mundo del arte, que tenía una formación artística. No sé cuánto sois capaces de imaginar esta situación extraña. Lo importante es que surge una interferencia, un escándalo en la escuela, un obstáculo para mirar sólo al niño desde las gafas simplificadas de la cultura psicopedagógica.
Y esta es la gran idea, no es un aula de plástica para hacer educación artística, es una ruptura en la cotidianidad de la escuela para mirar e interpretar de otra manera. El taller nace para escuchar de forma diferente, nace para romper los prejuicios, los estereotipos, las fichas educativas que Malaguzzi odiaba, esas fichas que están dentro, fuera, nos rodean, están por todas partes. Destrozan la creatividad, abortan la inteligencia del niño y anulan las capacidades infantiles sólo para satisfacer un consumismo programatorio de algunos padres y maestros. Para eso, entre otras cuestiones, nace el taller: para generar esa discontinuidad, darle ese sentido estético a la vida.

Hemos llegado a la frase mágica: “Darle ese sentido estético a la vida”. Impactada por esta idea tras su viaje de formación a las escuelas de Reggio Emilia, Isabel Rodríguez, maestra, adquirió conciencia de la importancia de la estética en la escuela. Ella, junto con el equipo docente del centro en el que trabaja, ha aplicado en su práctica diaria los principios estéticos (¡y éticos!) aprendidos. “No se trata de generar belleza porque sí, sino de entender que la belleza es un derecho fundamental del ser humano y que afecta a su estado de ánimo y a su psicología”, dice. Y es cierto, el entorno en el que nos movemos, trabajamos, vivimos y aprendemos, influye en nuestras emociones, en nuestro rendimiento, en nuestra manera de ver el mundo.

La belleza no es un lujo, es prácticamente una necesidad, un deseo. Pero no estoy hablando de un deseo hedonista, de búsqueda de placer vacío. Estoy hablando de una estética rica, que nos impregna de cultura, que nos interpela, que puede ser apacible pero a la vez nos inquieta y nos estimula. La que nos ayuda a comprender al otro a través de su mirada, la que es amiga del arte, la que nos provoca para que podamos atrevernos a mirar las cosas de otro modo, la que nos impulsa hacia los “horizontes del espíritu” en los que creía José Luis Sampedro. La que pretende cambiar el mundo y hacerlo mejor. La que no se puede separar de la ética.

Esa estética.


3 comentaris:

  1. He gaudit molt llegint aquest article, he apres i he conegut personatges interessants.

    Sempre és un plaer llegir-te Elena!

    Claudia Díaz
    www.jugarijugar.com

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  2. Preciós article!! M'encanta el que dius sobre la mirada, el gust i la seva complementarietat!!! Crec que és una metàfora preciosa !! Un article ple de poesia!! Gràcies per la teva referèncai al meu equip i a mi mateixa!!!

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    1. Gràcies per les teves boniques paraules!!! Una abraçada ben forta!!!

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