dimecres, 17 de juliol de 2013

La mirada científica dels infants


Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 4 (estiu 2013). 
Autora: Roser Jordà.


La mirada científica de los niños

En el imprescindible libro El filósofo entre pañales Alison Gopnik explica de qué modo tendemos tradicionalmente a menospreciar a los niños considerándolos “proyectos de adulto”. Usando el mismo símil que la autora, en realidad adultos y niños somos distintos estadios de un mismo ser como lo son orugas y mariposas. En cada momento vital necesitamos de unas aptitudes que la naturaleza se encargó de proporcionarnos: los niños son imaginativos e incansables investigadores, puesto que su cometido es asimilar el conocimiento acumulado por sus ancestros, mientras que los adultos somos  ejecutores eficientes ya que debemos llevar a cabo las tareas prácticas.
La ciencia nos muestra ahora lo evidente: que la infancia es el estadio en el que nos han diseñado para aprender, que, por ello, a los niños les cuesta focalizar su atención en un único tema ya que su mente está abierta a los múltiples estímulos que les rodean, que las (a nuestros ojos) disparatadas invenciones de los niños son el primer paso para los avances de los adultos, que la experimentación es el camino que lleva a los pequeños hasta el conocimiento…
Se dice que las grandes mentes, los sabios e innovadores que modelan la sociedad, son adultos que no han dejado de ver el mundo como los niños. La ciencia lo respalda a día de hoy a partir de estudios, así que no debería sorprendernos que los pequeños se comporten como científicos puesto que es la manera como naturalmente se enfrentan al entorno. Pensemos sino en un bebé que explora por primera vez un objeto: encuentra un problema (un balón de tela) y lo pone a prueba a partir de las herramientas con las que cuente en ese momento (lo lanza, lo aprieta, lo prueba con la boca, lo golpea con otro objeto…)
Sin embargo una cantidad nada despreciable de nuestras escuelas siguen basándose en el modelo que se creó a partir de la idea de que los niños son seres ilógicos que necesitan que se les den conocimientos ya establecidos (por adultos), y que no deben salirse de la senda marcada. Queremos imponerles la mirada de los mayores en lugar de respetar la suya.
Otros centros, en cambio, modernizan sus métodos de enseñanza haciendo que se adapten a las necesidades de los alumnos (no a la inversa). Es el caso de la escuela El Roure Gros de Santa Eulàlia de Riuprimer. El eje vertebrador de su proyecto es la ciencia y los niños construyen su propio aprendizaje mediante la investigación y la experimentación.
En su proyecto educativo: “[El trabajo científico]en realidad existe, en estas edades, manteniendo una actitud frente al mundo que favorezca hacerse preguntas, formularse hipótesis y buscar respuestas”. Para lograr que los alumnos mantengan esta actitud abierta, para que no pierdan su mirada científica innata, crean un clima propicio tanto a nivel espacial (a pesar de las limitaciones del antiguo edificio que ocupan), como relacional y de estructuras de trabajo.
Acogen a alumnos de infantil y primaria (entre 3 y 12 años) y su concepción de la enseñanza es global en diversos sentidos: por un lado no se compartimentan los conocimientos en materias que se dan a horas preestablecidas, por otro lado no se limita la relación de los alumnos únicamente a aquellos de su misma edad.
La vida no está parcelada de modo que ellos permiten que el aprendizaje no lo esté tampoco. A partir de un centro de interés (en infantil los eligen los propios niños mientras que en primaria, algo más constreñida por el currículum oficial, algunos los proponen los maestros) se trabajan todas las áreas que necesiten estudiar. El acercamiento que se hace a cada proyecto es a través del método científico: se plantea un tema, se formulan hipótesis, se experimenta para comprobarlas o refutarlas y finalmente se plasman las conclusiones en un informe. Siempre primando la necesidad infantil de dinamismo y de manipulación directa. Aquí no hay clases magistrales al uso, excepto para temas puntuales, y los niños reparten su tiempo trabajando en los proyectos en pequeños grupos, o bien individualmente para redactar sus informes, moviéndose por los distintos espacios interiores y exteriores según sus necesidades.
Igualmente, en el día a día nos relacionamos con gente de todas las edades así que lo más normal es que en la escuela sea del mismo modo. En infantil se mezcla a los niños de 3 a 5 años distribuyéndolos luego en grupos de trabajo más pequeños. En primaria se mezcla a los niños de cada ciclo (dos cursos) para pasar también a grupos reducidos. Si se embarcan en investigaciones que guardan relación, grandes y pequeños son libres de trabajar juntos.
¿Cuál es el papel del maestro en este engranaje? Tal y como explican desde el equipo directivo de El Roure Gros, si en la Sociedad del Conocimiento este ya no se encuentra solamente en los libros tampoco los maestros son los depositarios del saber. Su papel es el de guía que motiva y que se encarga de plantear dudas a los alumnos para incentivarles en sus pesquisas y obligarles a profundizar. No aportan soluciones mascadas puesto que creen que tienen que ser los pequeños los que construyan su propio aprendizaje a través de la experiencia. Les acompañan inculcándoles autonomía y responsabilidad en el trabajo, les enseñan respeto respetándoles e inciden mucho en la importancia de los errores para que se produzca el avance (equivocarse es fundamental para aprender)…
Funcionando con este sistema de organización desde hace ya años han podido comprobar que, efectivamente, los niños son científicos capaces y que cuando su curiosidad es correctamente atendida sus ansias de conocimiento no dejan de crecer. Adaptándose a su forma de vivir y de ver el mundo consiguen que aprendan por placer y con convencimiento, que piensen por sí mismos en lugar de aceptar como un acto de fe aquello que se les dice desde fuera.
Socialmente valoramos en los adultos la capacidad de innovación, el pensamiento divergente, la independencia de criterio, la creatividad… Debemos tomar conciencia de que para conseguir mantener estas capacidades al crecer es necesario que no las hayamos reprimido durante la infancia. Hay que intentar alentar al pequeño científico que anida dentro de cada niño procurando que mantenga la forma en que mira a su alrededor.

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