dimecres, 8 de gener de 2014

Els somnis...

Article publicat originalment a la revista Kireei 5 (hivern 2013/2014)

"Pájaros en la cabeza", de Susana Rodríguez


Soñar es tener un propósito, tener un propósito es vivir

“La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.” (Thomas Chalmers)


Soñar es fácil. Todos podemos hacerlo. Algunos sueños están relacionados con acontecimientos que no podemos controlar: “sueño que me toca la lotería”. Otros dependen en mayor o menor medida de nuestro esfuerzo o voluntad pero en la mayoría de los casos los vemos como algo demasiado difícil, casi imposible. “Un sueño hecho realidad” desprende el aroma del casi-milagro, de una conjunción astral, de alineación de planetas. De hecho, la Real Academia Española define “sueño” en la acepción que nos interesa como “cosa que carece de realidad o fundamento y, en especial, proyecto o deseo, esperanza sin probabilidad de realizarse”. Y dado que “soñar” es, también según la RAE, “anhelar persistentemente algo” parece lógico concluir que soñar es perder el tiempo; no es algo propio de personas pragmáticas y resolutivas. “Hay que ser realista”, nos dicen. “Sácate los pájaros en la cabeza”, nos advierten. Esa vena soñadora parece muy bonita pero poco práctica. Y encima podemos encontrarnos con sueños rotos. Es mejor no hacerse ilusiones, ¿verdad? “¡Abandonad toda esperanza!”; y con esta conminación de tintes dantescos se nos pinta la vida de gris y parece que se nos quiebra algo por dentro. ¿Soñar o no soñar?, ¿qué nos dolerá menos?, ¿qué nos acercará más a la felicidad?

Sobre felicidad quiero hablar, aprovechando que hace poco algunos científicos – siempre intentando descubrir cosas nuevas, los muy inquietos –  decidieron meter sus narices en el etéreo mundo de la felicidad, ya que se la ha relacionado con el estado fisiológico y, por lo tanto, con la salud. En un estudio compararon el efecto que tenían sobre el estado físico de las personas dos tipos de sentimientos. El primer tipo de sentimientos estaba relacionado con la felicidad. El segundo con el hecho de tener un propósito en la vida. En el análisis de sangre posterior se observó que las personas que solamente manifestaban sentimientos de felicidad tenían activados los mismos genes que cualquier otra persona. En cambio, aquellos individuos que habían manifestado tener un propósito en su vida tenían un perfil de activación de los genes mucho mejor, que los predisponía para afrontar con más garantías situaciones de estrés, enfermedad o dificultades. ¡Hay que darle un sentido a la vida! Así que... sí, parece que, ni que sea por nuestra salud, debemos arriesgarnos a soñar.

Pero soñar no es suficiente. Hay gente que sueña sin parar, desea miles de cosas, propone retos a cada momento, pero jamás llega a materializar nada. La fuerza de voluntad no se demuestra con el mero deseo de hacer algo: hay que hacerlo. Es en ese terreno donde están triunfando los profesionales que se dedican al coaching y que ayudan a las personas y a las empresas a conseguir metas. Es probable que hayáis visto un video que se ha hecho viral en el que se invita a la gente a llegar a una zona mágica en la que te pueden suceder cosas maravillosas. La tesis del video es que nos movemos en tres zonas. La primera, la zona de confort, es aquella en la que organizamos nuestra rutina, la zona que conocemos (nos guste o no) y en la que nos sentimos cómodos y seguros. Luego está la zona de aprendizaje que a algunas personas inquietas les apasiona y a otras, más conservadoras, les asusta de modo que intentan salir lo menos posible y, por lo tanto, tienen pocas posibilidades de cambiar su visión del mundo. Finalmente está la zona de pánico, en la que nos dicen que tal vez suceden cosas terribles pero que podemos convertir en la zona mágica donde nos pueden pasar cosas maravillosas porque es allí donde se asumen los grandes retos. Pasar a esa zona puede dar miedo y generar inseguridad porque tememos perder lo que tenemos y lo que somos. Pero, en realidad, salir más allá extiende nuestra zona de confort y aprendizaje: no perdemos, ganamos. La conclusión es que uno tiene que creer en sí mismo, convertirse en protagonista de su vida y perseguir sus sueños para hacerlos realidad. Ya lo dijo Nelson Mandela: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”.

Esa misma filosofía ha alimentado montones de libros de autoayuda, basados en el pensamiento positivo y en la consecución de retos, tan en la línea del culto al emprendedor que se ha puesto de moda en los últimos años. En esos libros se cita constantemente a Albert Einstein: “Como no sabía que era imposible, lo hice”. Citas similares se atribuyen a Jean Cocteau – “Lo consiguieron porque no sabían que era imposible” – o al mismo Nelson Mandela – “Todo parece imposible hasta que se hace”. Se diría que los expertos en coaching y los autores de libros de autoayuda se han conjurado, con la ayuda del ejemplo de personajes históricos que fueron grandes soñadores, para contradecir a la RAE. ¡Los sueños son realizables! Hasta Adidas se apuntó al carro en su exitosa campaña “Impossible is nothing”. Me parece magnífico. Solo temo que, en algunos casos, tanto empeño en hacernos perseguir el sueño no tenga como fin nuestra realización personal sino otros objetivos. Para empezar, parémonos un momento a pensar si el sueño que perseguimos es el nuestro, no vaya a ser que pongamos tanto afán y energía en seguir una zanahoria bañada en falsas promesas de felicidad.

Auto-realización. Este es, o tendría que ser, el verdadero sentido de nuestros sueños. No se trata de una motivación narcisista o egoísta sino de una motivación para el crecimiento personal. Según Abraham Maslow, uno de los fundadores de la psicología humanista, la auto-realización es la necesidad psicológica más elevada del ser humano. Maslow sitúa a la auto-realización en la cima de su famosa pirámide, que ordena la jerarquía de las necesidades humanas. En la base se encuentran las necesidades fisiológicas (comer, respirar, dormir...), en el segundo nivel las necesidades de seguridad (tener un trabajo, encajar en la sociedad, percibir un orden en ella y acceder a ciertos recursos), en el tercero las de afiliación (amor, amistad y familia), en la cuarta las de reconocimiento (autoestima propia y respeto de los demás) y, finalmente, las necesidades de auto-realización. Según Maslow no podemos aspirar a cubrir las necesidades de un nivel de la pirámide hasta que las del nivel precedente no estén cubiertas. Por lo tanto sin autoestima no habrá auto-realización. Por otra parte, no todo el mundo llega a la cima de la pirámide y no todos sienten necesidades de auto-realización.
Esta teoría ha recibido numerosas críticas; entre ellas, que la felicidad es subjetiva, que podemos sentir necesidades de “orden superior” sin haber cubierto las de “orden inferior”,  y que la auto-realización es posible incluso teniendo carencias materiales (hay múltiples ejemplos en la historia, pero no se puede decir lo mismo tan alegremente respecto a las carencias espirituales).

Así pues, recapitulemos. La felicidad está íntimamente ligada a tener un propósito en la vida. Los propósitos son metas que perseguimos y que a menudo son sueños que se hallan más allá de lo que conocemos y nos es familiar: perseguirlos es dar un salto a lo desconocido. Para dar ese salto necesitamos una base sobre la que apoyarnos en la que no puede faltar la confianza en nuestra posibilidades. Pero no debemos eternizar la espera en el vano intento de conseguir unas condiciones perfectas, ni postergar el salto poniendo siempre la excusa de alguna meta más cercana que debe ser lograda en primer lugar.
Ahora debemos preguntarnos, ¿qué más necesitamos para dar ese salto a lo desconocido? Yo diría que una de las cosas más importantes es la creatividad. Me refiero al pensamiento creativo, también llamado pensamiento divergente: esa capacidad de imaginar soluciones no habituales a los problemas, de encontrar caminos no trillados. Al fin y al cabo el sueño se encuentra más allá de lo que conocemos, así que no nos vendrá nada mal echar mano de la imaginación.

Ese pensamiento creativo, que ha guiado a genios de todos los campos del saber humano, y también a infinidad de personas anónimas que han hecho grandes pequeñas proezas, se puede cultivar. Pero sobre todo no debe ser marchitado, podado y bloqueado. Lamentablemente en el proceso de socialización y aprendizaje se utilizan estereotipos concebidos para facilitar la integración en un mecanismo social que debe funcionar siguiendo una lógica a veces ajena a los deseos y aspiraciones de las personas. Se enseñan unas pautas de conducta, unas reglas, unas normas y unos modelos de pensamiento que son efectivos para ciertos fines pero que matan toda o parte de la creatividad natural del individuo. Pensar diferente está a menudo penalizado en una sociedad que, aunque ensalza la genialidad y el emprendimiento, fomenta la uniformidad y la conformidad. Son de sobras conocidas las opiniones de expertos que se preguntan si las escuelas matan la creatividad. Sir Ken Robinson se contesta a sí mismo: “Los niños arriesgan, improvisan, no tienen miedo a equivocarse; y no es que equivocarse sea igual a creatividad, pero sí está claro que no puedes innovar si no estás dispuesto a equivocarte y los adultos penalizamos el error, lo estigmatizamos en la escuela y en la educación, y así es como los niños se alejan de sus capacidades creativas”.

Si veníamos hablando del individuo y sus sueños, ahora entra en escena la sociedad con sus instituciones (como la institución escolar, pero también muchas otras) que estructuran las relaciones entre individuos. Para algunos solo existen los individuos: “la sociedad no existe”, afirmaba Tatcher en 1987. Y el individuo, solo frente a los mercados, sucumbió. Para otros todo es sociedad y el individuo, alienado, sigue los dictados que su papel le impone. Bajo esa premisa, sucumbe también. Sin embargo el diálogo entre individuo y sociedad no se resuelve negando a uno u otra. Ambos se influyen y modelan mutuamente y casi nada de lo que el individuo hace resulta irrelevante. Un individuo persiguiendo su sueño traza una estela que afecta a otros. Los sueños, por pequeños que sean, cambian vidas, cambian miradas. Y, luego, cambian la escuela, cambian el lugar de trabajo, cambian el espacio público, cambian la realidad… y pueden transformar el mundo en un lugar mejor para que otros puedan también realizar sus sueños.
Los sueños colectivos pueden convertirse en pesadillas, abundantes ejemplos nos ha dado la historia. Pero también pueden ser puertas abiertas a la libertad. A veces los sueños salen a la calle y se dan las manos. Otras veces se sientan entre la multitud en una plaza llena de pancartas y se miran a los ojos. Pueden revolotear entre una maestra y sus niños de P5. O entre las canas de los abuelos que salen a defender el futuro de sus nietos. Podemos intuirlos saltando el mostrador de aquel viejo negocio que resiste el paso de las décadas con la ilusión del primer día, o en las risas de esos jóvenes que han decidido auto-emplearse y salir adelante pese a que les llamaban locos, o en los besos de los enamorados, o en los gestos de ternura hacia un bebé. Hay sueños en cada esquina y algunos no puede llevarlos adelante una persona sola. Cuando eso sucede y los caminos se unen, se cruzan, se ligan y se confía el sueño a la voluntad de otros, la red se va tejiendo y se va haciendo fuerte. Si todos los soñadores abren los ojos a la vez y deciden hacer realidad su sueño, el futuro se sujetará a nuestras manos y se llenará de esperanza.

“Lanza tus sueños al espacio como una cometa y no sabes lo que te devolverán: una nueva vida, un nuevo amigo, un nuevo amor, un nuevo país.” (Anaïs Nin)

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