dilluns, 27 d’octubre de 2014

Barcelonas


Article publicat originalment a Kireei 6 (tardor 2014)
Fotografies de Jose Bravo




Barcelonas
Ciudades dentro de la ciudad


Una mañana de finales de invierno tomo un cortado en la terraza de un bar de Barcelona regentado por unas chicas de facciones asiáticas. A su lado, una tienda de ropa con la persiana echada: otro comercio que no ha podido competir con el gran centro comercial que, tras las filas de altos edificios y la herida abierta de las vías del tren, se alza en una zona otro tiempo fabril. Puedo imaginar desde aquí el ajetreo del centro comercial y la desolación de sus alrededores, los edificios de viviendas abandonados en horario laboral. Más allá, talleres, almacenes y un río encajonado entre vías rápidas llenas de vehículos que circulan lentos y apretados.
El ruido de los coches y, sobre todo, de las motos que pasan a escasos metros de nuestra mesa no me permite seguir bien la conversación que intento mantener con mis acompañantes. Sin embargo, no nos interrumpen las voces de los niños de la escuela que hay al otro lado de la calle porque ya acabó la hora del patio y todos están en las aulas. Me los puedo imaginar trabajando en relativo silencio, sentados en sus sillitas, aparentemente atentos a la pizarra o a sus tareas.
Si pudiera volver ahora, así, de repente, a un momento de 150 años atrás, aparecería flotando a dos metros del suelo sobre un terreno de labranza. No estaría en Barcelona sino en un pueblo del Pla de Barcelona. El edificio de la escuela todavía estaría ahí pero no sería una escuela sino una masía a la cual pertenecerían los terrenos sobre los que floto. No habría rastro de la trama urbana. Ni siquiera del edificio en el que está ubicado el bar; un bloque de pisos de los años 30 que muchos considerarían bastante feo y sin interés y que, sin embargo, tiene un piso muestra que hoy mis compañeros de mesa, Joan y Jordi, han enseñado a un grupo de estudiantes de arquitectura extranjeros. ¿Qué tiene de especial?
El edificio se llama Casa Bloc y volveré a visitarlo otro día con Jordi, que me explicará con entusiasmo el valor arquitectónico de este edificio impulsado por la Generalitat en tiempos de la Segunda República para alojar a obreros, dentro de los planes urbanísticos del recientemente estrenado paseo de Torras i Bages. La Casa Bloc se construyó sobre los antiguos terrenos de cultivo pertenecientes a una masía del siglo XVII, Les Carasses. Jordi me hablará de la arquitectura racionalista, del GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea). Me explicará cómo los tres arquitectos implicados (Josep Lluís Sert, Josep Torres Clavé i Joan Baptista Subirana) se preocuparon por la ventilación y la iluminación de las viviendas, me hablará de las innovadoras – para el momento – técnicas constructivas. Enumerará con admiración los servicios lúdicos, culturales y educativos de los que iban a disponer los habitantes del edificio que – me recordará – eran gente humilde que vivía en barracas sin servicios de ninguna clase. Me explicará cómo el proyecto quedó truncado con la Guerra Civil y cómo los tres arquitectos sufrieron distinta suerte: el exilio para Sert, la muerte en el frente para Torres y el olvido para Baptista. Me hablará de cómo los vencedores de la guerra se apoderaron del edificio, que jamás fue ocupado por obreros sino por militares, viudas y huérfanos del bando vencedor y, más tarde, policías. Me relatará cómo durante medio siglo el edificio se fue deteriorando y se le anexionó un bloque fantasma levantado sin respetar la filosofía del conjunto arquitectónico. Me explicará un montón de anécdotas y la hora de visita pasará volando. Hoy, derruido el bloque fantasma y finalizado un ambicioso proyecto de rehabilitación, arquitectos del colectivo El globus vermell, al que pertenecen Joan y Jordi, muestran con fines divulgativos la vivienda 1/11, devuelta a su aspecto original. Un viaje en el tiempo 80 años atrás a cambio de una entrada expedida por el Museo del Diseño de Barcelona.
Otro día Marta, también arquitecta de El globus vermell, me acompañará en un itinerario por el barrio de Sant Andreu de Palomar, donde está ubicada la Casa Bloc. Antiguamente este era un pueblo independiente que abastecía de productos de la huerta a Barcelona. Fue anexionado a la ciudad en 1897, y su término municipal está hoy repartido en su mayor parte entre dos distritos. Casi todas sus masías se han perdido, los campos han sido cubiertos por calles y edificios, y algunas de sus fábricas reconvertidas en equipamientos para el barrio. El pretexto del paseo será la llegada del tren de alta velocidad a la ciudad de Barcelona y el parque lineal que se generará siguiendo líneas paralelas a los antiguos caminos romanos y medievales, al acueducto que abastecía a la ciudad romana y al posterior canal de riego (el Rec Comtal), de los que todavía quedan testimonios arqueológicos. Son vías naturales de paso que los siglos y la acción humana no han sustituido. Me hablará, cargada con un enorme montón de láminas, mapas y fotografías, del pasado rural del pueblo, de la revolución industrial y sus efectos, de los edificios que se levantaron y se derruyeron, de la llegada del metro, de la cúpula de la iglesia que se hundió y de la Casa Bloc como proyecto piloto. “¿Piloto de qué?”, le preguntaré. Y me contará que se trataba de un plan urbanístico basado en la idea de ciudad jardín, bautizado como plan Macià, que perseguía el sueño de una ciudad racional, higiénica y práctica, y que quedó olvidado tras la guerra.
Pero todo eso será más adelante. Hoy estoy en esta terraza, ante la Casa Bloc, con Joan y Jordi, que me hablan de su proyecto de divulgación de la arquitectura y de cómo el urbanismo condiciona la vida de la gente. Dentro de un rato largo nos levantaremos, pagaremos, caminaremos juntos hasta sus bicicletas y ellos dos desaparecerán pedaleando sobre un asfalto que cubre otras calzadas, otros caminos, otros campos. Otras ciudades, otras vidas.




Todavía no lo sé, pero tendré que esperar a los primeros días del verano para encontrarme con Elena, arquitecta artífice del proyecto Arquect. Lo haré en la plaza de Sant Agustí Vell, en el barrio de Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera (distrito de Ciutat Vella de Barcelona). Esto sí ha sido Barcelona desde que existe como trama urbana, desde la Baja Edad Media. Llegaré allí después de recorrer algunas calles estrechas y de trazado sinuoso, y me encontraré a Elena de pie, hablando por teléfono. “Estoy llamando para poner una queja. ¿Has visto? No hay bancos en la plaza. No los ponen para que no los ocupen los sin techo.”  Este será el inicio de una conversación presidida por las ideas de participación e inclusión. Elena me hablará de la necesidad de mecanismos duales de formación y participación, que permitan al ciudadano saber lo que necesita y ser tomado en cuenta a la hora de construir una ciudad para las personas y no para los mercados. Me hablará de la calle compartida y de la corresponsabilidad de todos los actores implicados. Señalará acciones como la pacificación, la eliminación de las “autopistas urbanas” o la implementación de calles con plataforma única. Me explicará con entusiasmo su visión de la ciudad como espacio de juego y su postura contraria a acotar las zonas infantiles. Manifestará su opinión de que es una idea estupenda utilizar elementos urbanísticos neutros que puedan servir para múltiples propósitos, incluido el juego infantil, y me hablará de los parques infantiles de Aldo van Eyck.
Elena me explicará con admiración las acciones llevadas a cabo por las asociaciones de vecinos de Ciutat Vella para recuperar los espacios perdidos debido al uso mercantilizado de lo público. Me hablará de sus encuentros con otros arquitectos que buscan que la ciudad sea un espacio democrático de convivencia, y de las actividades en escuelas en las que ha colaborado para fomentar la participación infantil. Me dirá que la ciudad es una herramienta de aprendizaje.
Todo esto y muchas más cosas me explicará Elena que, como Joan, como Jordi, como Marta y como muchos otros, está dispuesta a dedicar mucho de su tiempo, de su saber y de sus energías para que la ciudad sea una ciudad para todos, diversa e inclusiva.
Pero hoy todavía estoy sentada frente a un cortado que quema, bajo un sol casi primaveral, delante de un edificio que me parece bastante feo – aunque dicen que es importante – y dispuesta a iniciar una conversación con unos arquitectos de los que hasta hace poco no sabía nada. 




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