dilluns, 27 d’octubre de 2014

Barcelonas


Article publicat originalment a Kireei 6 (tardor 2014)
Fotografies de Jose Bravo




Barcelonas
Ciudades dentro de la ciudad


Una mañana de finales de invierno tomo un cortado en la terraza de un bar de Barcelona regentado por unas chicas de facciones asiáticas. A su lado, una tienda de ropa con la persiana echada: otro comercio que no ha podido competir con el gran centro comercial que, tras las filas de altos edificios y la herida abierta de las vías del tren, se alza en una zona otro tiempo fabril. Puedo imaginar desde aquí el ajetreo del centro comercial y la desolación de sus alrededores, los edificios de viviendas abandonados en horario laboral. Más allá, talleres, almacenes y un río encajonado entre vías rápidas llenas de vehículos que circulan lentos y apretados.
El ruido de los coches y, sobre todo, de las motos que pasan a escasos metros de nuestra mesa no me permite seguir bien la conversación que intento mantener con mis acompañantes. Sin embargo, no nos interrumpen las voces de los niños de la escuela que hay al otro lado de la calle porque ya acabó la hora del patio y todos están en las aulas. Me los puedo imaginar trabajando en relativo silencio, sentados en sus sillitas, aparentemente atentos a la pizarra o a sus tareas.
Si pudiera volver ahora, así, de repente, a un momento de 150 años atrás, aparecería flotando a dos metros del suelo sobre un terreno de labranza. No estaría en Barcelona sino en un pueblo del Pla de Barcelona. El edificio de la escuela todavía estaría ahí pero no sería una escuela sino una masía a la cual pertenecerían los terrenos sobre los que floto. No habría rastro de la trama urbana. Ni siquiera del edificio en el que está ubicado el bar; un bloque de pisos de los años 30 que muchos considerarían bastante feo y sin interés y que, sin embargo, tiene un piso muestra que hoy mis compañeros de mesa, Joan y Jordi, han enseñado a un grupo de estudiantes de arquitectura extranjeros. ¿Qué tiene de especial?
El edificio se llama Casa Bloc y volveré a visitarlo otro día con Jordi, que me explicará con entusiasmo el valor arquitectónico de este edificio impulsado por la Generalitat en tiempos de la Segunda República para alojar a obreros, dentro de los planes urbanísticos del recientemente estrenado paseo de Torras i Bages. La Casa Bloc se construyó sobre los antiguos terrenos de cultivo pertenecientes a una masía del siglo XVII, Les Carasses. Jordi me hablará de la arquitectura racionalista, del GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea). Me explicará cómo los tres arquitectos implicados (Josep Lluís Sert, Josep Torres Clavé i Joan Baptista Subirana) se preocuparon por la ventilación y la iluminación de las viviendas, me hablará de las innovadoras – para el momento – técnicas constructivas. Enumerará con admiración los servicios lúdicos, culturales y educativos de los que iban a disponer los habitantes del edificio que – me recordará – eran gente humilde que vivía en barracas sin servicios de ninguna clase. Me explicará cómo el proyecto quedó truncado con la Guerra Civil y cómo los tres arquitectos sufrieron distinta suerte: el exilio para Sert, la muerte en el frente para Torres y el olvido para Baptista. Me hablará de cómo los vencedores de la guerra se apoderaron del edificio, que jamás fue ocupado por obreros sino por militares, viudas y huérfanos del bando vencedor y, más tarde, policías. Me relatará cómo durante medio siglo el edificio se fue deteriorando y se le anexionó un bloque fantasma levantado sin respetar la filosofía del conjunto arquitectónico. Me explicará un montón de anécdotas y la hora de visita pasará volando. Hoy, derruido el bloque fantasma y finalizado un ambicioso proyecto de rehabilitación, arquitectos del colectivo El globus vermell, al que pertenecen Joan y Jordi, muestran con fines divulgativos la vivienda 1/11, devuelta a su aspecto original. Un viaje en el tiempo 80 años atrás a cambio de una entrada expedida por el Museo del Diseño de Barcelona.
Otro día Marta, también arquitecta de El globus vermell, me acompañará en un itinerario por el barrio de Sant Andreu de Palomar, donde está ubicada la Casa Bloc. Antiguamente este era un pueblo independiente que abastecía de productos de la huerta a Barcelona. Fue anexionado a la ciudad en 1897, y su término municipal está hoy repartido en su mayor parte entre dos distritos. Casi todas sus masías se han perdido, los campos han sido cubiertos por calles y edificios, y algunas de sus fábricas reconvertidas en equipamientos para el barrio. El pretexto del paseo será la llegada del tren de alta velocidad a la ciudad de Barcelona y el parque lineal que se generará siguiendo líneas paralelas a los antiguos caminos romanos y medievales, al acueducto que abastecía a la ciudad romana y al posterior canal de riego (el Rec Comtal), de los que todavía quedan testimonios arqueológicos. Son vías naturales de paso que los siglos y la acción humana no han sustituido. Me hablará, cargada con un enorme montón de láminas, mapas y fotografías, del pasado rural del pueblo, de la revolución industrial y sus efectos, de los edificios que se levantaron y se derruyeron, de la llegada del metro, de la cúpula de la iglesia que se hundió y de la Casa Bloc como proyecto piloto. “¿Piloto de qué?”, le preguntaré. Y me contará que se trataba de un plan urbanístico basado en la idea de ciudad jardín, bautizado como plan Macià, que perseguía el sueño de una ciudad racional, higiénica y práctica, y que quedó olvidado tras la guerra.
Pero todo eso será más adelante. Hoy estoy en esta terraza, ante la Casa Bloc, con Joan y Jordi, que me hablan de su proyecto de divulgación de la arquitectura y de cómo el urbanismo condiciona la vida de la gente. Dentro de un rato largo nos levantaremos, pagaremos, caminaremos juntos hasta sus bicicletas y ellos dos desaparecerán pedaleando sobre un asfalto que cubre otras calzadas, otros caminos, otros campos. Otras ciudades, otras vidas.




Todavía no lo sé, pero tendré que esperar a los primeros días del verano para encontrarme con Elena, arquitecta artífice del proyecto Arquect. Lo haré en la plaza de Sant Agustí Vell, en el barrio de Sant Pere, Santa Caterina i la Ribera (distrito de Ciutat Vella de Barcelona). Esto sí ha sido Barcelona desde que existe como trama urbana, desde la Baja Edad Media. Llegaré allí después de recorrer algunas calles estrechas y de trazado sinuoso, y me encontraré a Elena de pie, hablando por teléfono. “Estoy llamando para poner una queja. ¿Has visto? No hay bancos en la plaza. No los ponen para que no los ocupen los sin techo.”  Este será el inicio de una conversación presidida por las ideas de participación e inclusión. Elena me hablará de la necesidad de mecanismos duales de formación y participación, que permitan al ciudadano saber lo que necesita y ser tomado en cuenta a la hora de construir una ciudad para las personas y no para los mercados. Me hablará de la calle compartida y de la corresponsabilidad de todos los actores implicados. Señalará acciones como la pacificación, la eliminación de las “autopistas urbanas” o la implementación de calles con plataforma única. Me explicará con entusiasmo su visión de la ciudad como espacio de juego y su postura contraria a acotar las zonas infantiles. Manifestará su opinión de que es una idea estupenda utilizar elementos urbanísticos neutros que puedan servir para múltiples propósitos, incluido el juego infantil, y me hablará de los parques infantiles de Aldo van Eyck.
Elena me explicará con admiración las acciones llevadas a cabo por las asociaciones de vecinos de Ciutat Vella para recuperar los espacios perdidos debido al uso mercantilizado de lo público. Me hablará de sus encuentros con otros arquitectos que buscan que la ciudad sea un espacio democrático de convivencia, y de las actividades en escuelas en las que ha colaborado para fomentar la participación infantil. Me dirá que la ciudad es una herramienta de aprendizaje.
Todo esto y muchas más cosas me explicará Elena que, como Joan, como Jordi, como Marta y como muchos otros, está dispuesta a dedicar mucho de su tiempo, de su saber y de sus energías para que la ciudad sea una ciudad para todos, diversa e inclusiva.
Pero hoy todavía estoy sentada frente a un cortado que quema, bajo un sol casi primaveral, delante de un edificio que me parece bastante feo – aunque dicen que es importante – y dispuesta a iniciar una conversación con unos arquitectos de los que hasta hace poco no sabía nada. 




La ciudad para todos

Article publicat originalment a la revista Kireei 6 (tardor 2014)
Il·lustracions d'Elena Hormiga


La ciudad para todos

Participación, democracia e inclusión





El globus vermell, Barcelona
El globus vermell es un colectivo de arquitectos, constituidos como asociación, que se dedica a divulgar la arquitectura en el sentido más amplio. Sus principales acciones son visitas guiadas, itinerarios por barrios de la ciudad y talleres educativos para niños. También dan a conocer la arquitectura y la ciudad a través de exposiciones, publicaciones y otras actividades. Colaboran habitualmente con la Fundación Joan Miró y el Museo del Diseño; en otras ocasiones han trabajado con La Pedrera, el Museo Picasso, el Colegio de Arquitectos, el Instituto Francés...
El objetivo principal de El globus vermell es formentar el espíritu crítico hacia el entorno construido para que de esta manera la ciudadanía pueda ser más exigente y, a la vez, proactiva respecto de la ciudad y sus transformaciones.

Arquect, Barcelona
Arquect es un proyecto de pedagogía urbana impulsado por la arquitecta Elena Guim. Se dedica a diseñar e impulsar metodologías de aprendizaje, tomando la ciudad como escenario educativo, para la formación de una ciudadanía activa en la transformación de su entorno. En el ámbito de la participación infantil diseña acciones para promover la implicación de los niños en la construcción de la ciudad, reforzando así su cultura participativa.  Algunos de sus proyectos actuales son la colaboración con la AAVV de Plaça de les Glòries, diseñando acciones de participación ciudadana infantil en las escuelas. Otro es la colaboración con el Pla Estel (acrónimo de “estrategias sociales para el territorio y el espacio libre”), que propone nuevas intervenciones de mejora del espacio público de algunos municipios con la participación de las escuelas.

Chiquitectos, Madrid
Chiquitectos es una propuesta lúdica y educativa generada en torno a lo arquitectónico, que propone una nueva forma de aprendizaje para la sociedad del futuro. En sus talleres de arquitectura los participantes adoptan el juego como única herramienta para explorar y aprender ya que, aunque el principal objetivo del juego es disfrutar, mientras los niños juegan fijan sus hábitos de vida, sus roles sociales, y establecen así la forma de relacionarse con el mundo.
Su objetivo es despertar una mirada crítica y contribuir a crear ciudadanos participativos y responsables de sus propias decisiones, capaces de actuar para cambiar el estado de las cosas.

Teresa Benito, Zaragoza
Teresa Benito es arquitecta y atelierista. Se dedica al desarrollo de innovación educativa a través de la pedagogía activa en la infancia. Ha fundado nido, Zaragoza Montessori School, un proyecto educativo bilingüe inspirado en Montessori & Reggio, de 0 a 6 años.  Está especializada en pedagogías activas (Montessori & Reggio), realiza talleres de formación para docentes, familias y niños en la intersección de arte+arquitectura+computación, y desarrolla espacios para vivir, trabajar, jugar y estudiar, en ambientes-laboratorio en los que aprender de forma conjunta y cooperativa. Se define como entusiasta de la arquitectura, la ciudad y el aprendizaje.




Cualquiera que esté un poco atento al pulso de la sociedad habrá percibido que últimamente hay una gran ebullición de iniciativas de todo tipo que persiguen la participación ciudadana y la acción colectiva. Algunas vienen de muy lejos, pero cada vez resultan más visibles. Tanto desde el asociacionismo como desde la iniciativa individual, desde el voluntariado como desde la acción profesional, una red de contactos se van tejiendo presencial y virtualmente. Entre todas estas voces, grupos de arquitectos reclaman el papel decisivo de la arquitectura en la configuración de ciudades al servicio de las personas y no de intereses económicos privados. Para ello se organizan en colectivos y redes, realizan actividades divulgativas y participativas, reflexionan, escuchan, proponen y debaten. Pero no se trata de un coto privado para arquitectos: la mirada transversal e integral sobre la ciudad, el activismo y el compromiso social son características que definen a todos estos movimientos. Cuatro proyectos (colectivos o individuales) dedicados a la divulgación de la arquitectura nos dan su visión sobre su labor.

¿Por qué dar a conocer la arquitectura a la ciudadanía?

Joan Vitòria, de El globus vermell [JV]: Buscamos formar a una ciudadanía más crítica respecto del entorno construido. Nos quejamos de tener ciudades feas, mal hechas... Los pueblos están llenos de apartamentos, de segundas residencias sin planificación... Esto es en parte culpa de los arquitectos, en parte culpa de los promotores y los políticos, y en parte culpa de que los ciudadanos quizá no saben pedir lo que quieren y necesitan. Y no se trata de un gusto estético, que cada uno tiene el suyo. Se trata de que a menudo no seamos conscientes de que una parte importante de la ciudad, de un buen proyecto en general, es que el cliente sepa pedir lo que necesita y quiere. Si somos conscientes de lo que necesitamos como ciudadanos también podemos exigirlo a los técnicos y a los políticos, que al final son los que lo acaban desarrollando.
La inmensa mayoría del público que tenemos en las actividades es público no profesional de la arquitectura, sean adultos o niños. Si enseñamos un edificio que tiene un cierto reconocimiento a nivel arquitectónico evidentemente vienen también arquitectos o estudiantes, pero la mayor parte del público son vecinos de la ciudad. Lo que intentamos es no valorar la estética del edificio sino dar herramientas de reflexión sobre la arquitectura para que los ciudadanos se puedan formar un criterio propio. La luz, los materiales, la distribución, la organización, la circulación, la relación con el entorno... todo esto son cosas que se plantea un arquitecto cuando hace arquitectura, pero creo que es importante que también los ciudadanos se lo planteen y lo entiendan.
El diseño de la ciudad debe entenderse como un trabajo conjunto de los ciudadanos (que también ponen el dinero mediante sus impuestos) y los técnicos (arquitectos, urbanistas, ingenieros, expertos en movilidad, paisajistas...) que han de dar forma a la voluntad ciudadana. Un buen proyecto urbano siempre debería ir precedido de un claro y transparente proceso de participación ciudadana, en forma de diálogo constante y en el que cada uno tuviera claro su papel.

Jordi Garet, de El globus vermell [JG]: Creo que también es importante el simple hecho de conocer tu ciudad. Es imposible que aprecies o valores una cosa si no la conoces. Conocerla y valorarla hace que después puedas y quieras tener opinión.

Almudena de Benito, de Chiquitectos [AB]: Todo lo que sea conocimiento, de cualquier tipo, siempre es bueno, ¿no? Ayuda a ver las cosas con una mirada crítica. El hecho de conocer alternativas distintas a las que uno tiene delante despierta el deseo de cambio. En el ámbito del urbanismo creo que si se tuviera más en cuenta a los ciudadanos - ¡pero a todos, no solamente al trabajador adulto de mediana edad! –, si se pensara en nuestras necesidades y se escucharan nuestros deseos, probablemente estaríamos ante ciudades diferentes donde el espacio público tendría mucho más valor.

Elena Guim, de Arquect [EG]: La cultura arquitectónica es el cultivo del conocimiento y del saber de la arquitectura y la ciudad que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de su historia. La transmisión de este conocimiento, de las experiencias acumuladas y asimiladas, es lo que permite la evolución de la sociedad y que este conocimiento sea integrado por parte de las nuevas generaciones. La importancia de hacer difusión es que permite democratizar el conocimiento, reforzar la identidad de los ciudadanos y aumentar su autoestima. De esta manera se genera un compromiso de los ciudadanos con su ciudad y una corresponsabilidad en su construcción.


¿Por qué arquitectura para niños?

[EG]: Los niños son ciudadanos, exactamente igual que las personas adultas, y tienen el derecho de participar en el diseño y construcción de la ciudad. Para fomentar su cultura participativa en todo aquello que les afecta y reforzar su compromiso con el entorno, es necesario transmitirles el conocimiento y darles las herramientas necesarias para generar en ellos una mirada crítica y un espíritu de activismo ciudadano. No hemos de pensar que los niños son ciudadanos del futuro: son ciudadanos del presente y los adultos tenemos que escuchar sus propuestas y asumir nuestro compromiso de ponerlas en práctica.

Teresa Benito [TB]: La arquitectura es la más completa de todas las artes, por lo que permite abordar procesos artísticos muy variados en torno a un tema. Al mismo tiempo es una disciplina que nos afecta diariamente en nuestro entorno vital: cómo nos desplazamos, cómo nos vestimos, dónde dormimos. Para mí los talleres son un medio de trabajar otros aprendizajes más abiertos, menos dirigidos, con materiales sin un fin u objetivo concreto, pero también una manera de adquirir "cultura arquitectónica", conocer términos de la construcción y la arquitectura, nombres de arquitectos, obras singulares contemporáneas e históricas.
Soy partidaria de ofrecer a los niños lo máximo porque ellos lo absorben, les gustan los conceptos complicados, las palabras singulares (hormigón, forjado, cercha) y se fijan mucho en su entorno, son muy observadores; la arquitectura es una buena manera de trabajar con ellos todos esos temas.
Nuestros talleres no pretenden infantilizar la arquitectura ni hacer manualidades con ella; ofrecemos conceptos arquitectónicos y aprendizaje al igual que se pueden trabajar en la vida profesional o en una escuela de arquitectura.
Me parece muy importante la manera cómo se introduce la arquitectura a los niños, porque si lo hacemos como un taller dirigido o un taller de manualidades en el que pintamos un tetrabrik con forma de casa pues ni es arquitectura, ni es educación, ni es trato digno a los niños.
En uno de los talleres en un colegio, estábamos en un aula de infantil trabajando y jugando con chavales de 4 a 11 años. Les pedí que dibujaran su clase, y posteriormente que la dibujaran incorporando aquellos elementos que les gustaría que hubiese. Más allá de las típicas ideas de piscina, cancha de baloncesto, etc., una gran parte incorporó plantas y flores, animales, un sofá, una cama o zona de descanso, y elementos que serían de fácil incorporación al aula pero que por la razón que sea no solemos incorporar. En los ambientes de inspiración Reggio y en los ambientes Montessori sí se introducen las plantas, el sofá, etc. Me hizo ilusión ver cómo los chavales sí tenían ganas de mejorar su aula, mover mesas y traer muebles que tenían en casa al aula, ya que al fin y al cabo es donde pasan un gran número de horas diarias.

[AB]: La arquitectura es para nosotros casi más un medio que una finalidad. Utilizamos la arquitectura como un pretexto para educar en otros valores y más que “cultura arquitectónica” pretendemos implicar a los niños con el mundo que les rodea y despertar su interés por el entorno construido y el desarrollo sostenible. Estamos permanentemente rodeados de arquitectura, vivimos inmersos en ella, y es importante ser conscientes de como ésta condiciona nuestra vida y nuestros hábitos cotidianos.
Para educar en valores a través de la arquitectura, trabajamos el tema de la igualdad (género, raza y condición) y recientemente hemos tenido dos experiencias en que hemos introducido juegos de integración. Nos ha demostrado que los niños viven las diferencias con normalidad y estas diferencias hacen surgir actitudes de respeto, generosidad y solidaridad.
A uno de los últimos talleres que realizamos vino un niño ciego. Vendamos los ojos a la mitad de los participantes y la otra mitad actuaron como “lazarillos”: cuando te ves privado de uno de los sentidos piensas en términos de integración.
En otro taller, una niña tenía solo cuatro dedos en cada mano, era algo congénito. Cuando uno de los participantes se dio cuenta todos se arremolinaron alrededor y preguntaban: “pero ¿por qué?, pero ¿por qué?”. Y ella decía “nací así” con una tranquilidad que sorprendía a todos, nosotros incluidos. Son situaciones que en el mundo adulto no ocurren. Al final del taller el niño que había estado construyendo a su lado le dijo “venga, ¡choca esos cuatro!” Para mí esa frase tan espontánea recoge muy bien el espíritu de lo que hacemos.

¿Condiciona la arquitectura (y el urbanismo) la vida de una ciudad?

[EG]: La relación entre la arquitectura (y el urbanismo) y las dinámicas que se generan en la ciudad es directa. Desde la Baja Edad Media las ciudades han sido el escenario de la vida de las personas, y es en las ciudades donde se producen las manifestaciones sociales, políticas, económicas y culturales de una sociedad. Las ciudades nacieron para proteger el intercambio de bienes y de servicios, y para favorecer la convivencia de grupos de población de origen diverso.
Hasta el último cuarto del siglo XX encontramos un urbanismo al servicio de los ciudadanos, de la ciudad compacta, donde la calidad de vida de los ciudadanos es una prioridad. Pero en las últimas décadas del siglo XX las políticas neoliberales han favorecido la especulación del territorio, la aparición de un urbanismo globalizador basado en la ocupación extensiva del territorio, pasando de la ciudad compacta a la ciudad difusa, y provocando unas dinámicas disgregadoras muy fuertes. La calidad de vida de los ciudadanos ha dejado de ser una prioridad para las políticas urbanas y ha pasado por delante el lucro del capitalismo financiero. Esto ha dado lugar a la arquitectura divina, a la banalización, a la segregación social, a la privatización del espacio público… provocando una pérdida gradual de derechos de los ciudadanos y la desaparición de las ciudades democráticas.
Si queremos recuperar la ciudad para los ciudadanos hace falta un compromiso por parte de todos los agentes que intervienen en su construcción, y por eso es necesario conocer la cultura de la ciudad, su patrimonio y su identidad.

[JG]: Evidentemente, la tipología del urbanismo y de la arquitectura condicionan la vida de la gente que vivirá allí. Por ejemplo, en un edificio en el que haya un largo pasillo que tengas que recorrer, pasando por delante de las puertas de los demás vecinos, se creará una relación más estrecha que en un edificio en el que solamente tengas un vecino de rellano, que quizá sea al único que conozcas. Otro ejemplo es la decisión de abrir un gran centro comercial: se corre el riesgo de dejar al barrio sin vida. La vida queda en un centro comercial cerrado, privado. Y un último ejemplo es el del coche. Jaime Lerner dice que con el coche tenemos que llevarnos bien, pero no debemos dejar que domine nuestra vida. Si queremos tener ciudades de calidad no hay otra manera que tener unos espacios públicos agradables donde vivir, un modelo opuesto al americano o centro-europeo de tener tu casita en la que vives aislado.

[JV]: Cuando aparece el automóvil se asocia al progreso y muchas ciudades y barrios se proyectan con el automóvil como rey: el urbanismo al servicio del coche. Se construyen urbanizaciones o barrios a los que sólo se puede acceder con transporte privado. ¿Y si en vez de pensar en el coche nos lo planteamos pensando que siempre hay que poder llegar en transporte público? En este sentido, la pacificación de muchas zonas en Barcelona ha sido una manera de hacer más seguro y accesible el espacio público. Como contraejemplo tenemos Milán, que me recuerda a la Barcelona de hace 30 años. ¡Vas al centro y todas las plazas son aparcamientos al aire libre! El coche hace algunas aportaciones positivas pero también genera polución y contaminación acústica. Y sensación de peligro, sobre todo para los niños. Es una agresión constante que condiciona nuestras vidas. Otros elementos que han sido generados por el coche y que quizá no pensamos: las aceras para separar al peatón del coche. Pero luego llega alguien con silla de ruedas y hay que hacer rampas. Muchas de las incomodidades de la ciudad son por culpa del automóvil.
En cuanto a la arquitectura moderna, es verdad que se han construido muchas cosas que, por diversas causas, han sido un fracaso, y hay que ser autocríticos y aprender de estos errores. Por ejemplo, algunas “utopías construidas” se olvidaron de la gente y de lo que hace que las ciudades sean atractivas y agradables. Se centraron en hacerlas funcionales desde un punto de vista económico (rápidas y baratas de construir) y de movilidad, en una época en la que el coche era el gran símbolo del progreso y nadie se imaginaba la crisis del petróleo ni la medioambiental.

[AB]: Si recordamos que antiguamente las viviendas no tenían baño y que éste estaba en la escalera y era compartido por varios vecinos... ¡es evidente que ésto condiciona la vida de cualquiera! Lo mismo pasa con las ciudades: habitar una ciudad te obliga a depender del automóvil si carece de transporte público. Si para sentarte en una plaza tienes que consumir las desigualdades se hacen más patentes. Son ciudades en las que no todos tenemos las mismas oportunidades.
Dice Richard Rogers que “los espacios públicos son la realización física de los valores de la sociedad. Las comunidades dan forma a los espacios públicos que utilizan y, a su vez, los espacios públicos que las definen dan forma a las comunidades” y no puedo estar más de acuerdo: el espacio público mide el pulso de la ciudad, genera energía, movimiento y entusiasmo, y también nos da la oportunidad de disfrutar de momentos de descanso, de apartarnos del caos y del ritmo que a veces nos impone la ciudad.

[TB]: Un urbanismo en el que se prima el vehículo privado condiciona a que tengas una vida sedentaria y malas relaciones con tu entorno o vecindario. Un urbanismo en el que se prime el transporte público, la densidad urbana y la vida en la calle, mejora nuestra salud y nuestras relaciones vecinales, ofreciendo posibilidad de reunión, debate y presión política. Hay urbanismo de izquierdas y de derechas, urbanismo para el individuo y urbanismo para la comunidad.

¿Existen o pueden existir ciudades pensadas para los niños?

[TB]: Soy partidaria de hablar de una ciudad para todos y todas, una ciudad para los ancianos, las mujeres... No solamente los niños están excluidos, todo aquel que no suponga una fuerza de trabajo actualmente está excluido.

[JV]: No me gusta separar a la población infantil del resto. Si hablando de ciudades más agradables para vivir hablamos a menudo de población infantil es porque se trata de la más desprotegida y vulnerable (juntamente con la gente mayor), pero el problema de los espacios poco inclusivos es un problema para todos. Si hacemos mejores espacios pensando en los niños, seguramente estaremos haciendo mejores espacios para todos.

[EG]: No creo que haya ciudades pensadas de forma consciente contra los niños, pero si analizamos cómo los adultos han definido cual es la mejor manera de vivir el espacio público veremos que se están haciendo ciudades contra los niños. Son las contradicciones de los adultos, no hay una coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Pueden parecer palabras duras, pero creo que es importante pararse a reflexionar sobre los valores que estamos transmitiendo a las generaciones futuras con nuestras acciones y no quedarnos solamente con el discurso, porque los niños aprenden viéndonos hacer las cosas, aprenden por contacto y no solamente en la escuela sino las 24 horas del día.
Un ejemplo de lo que digo es la prohibición de jugar a pelota en muchas plazas de nuestras ciudades porque el ruido de los niños molesta a los adultos y en cambio aceptamos la contaminación acústica que provoca el tráfico en las ciudades. Hace muchos años que no vemos a niños jugando en la calle de forma autónoma: los hemos encerrado en espacios reducidos, sin ningún tipo de interés ni de curiosidad, bajo el paraguas de la seguridad y el miedo, bajo la mirada del adulto. En cambio, decimos que vivimos en la era de conocimiento, que debemos fomentar la creatividad, la curiosidad y la flexibilidad. ¡Pues hagamos que el espacio público sea seguro y favorezcamos que los niños vuelvan a ocuparlo y a vivirlo!
El concepto de espacio seguro del que hablo no es un espacio normativo y limitador sino que es un espacio inclusivo, donde la comunidad se relaciona.
En este sentido las propuestas de Tonucci tienen el objetivo de mejorar la calidad de vida de la ciudad incorporando la visión de los niños y, como consecuencia, mejorar la vida de otros colectivos vulnerables. Para que estas propuestas lleguen a ser efectivas hace falta un compromiso firme por parte de los adultos y, sobre todo, de los adultos con responsabilidad en la toma de decisiones en la ciudad. Sería un error muy grave invitar a los niños a participar y luego manipularlos para no asumir el compromiso de cambiar las dinámicas de las políticas públicas haciendo efectivas sus propuestas.
Tenemos un reto muy tentador por delante y que nos permitirá en los inicios de este nuevo siglo reconquistar la ciudad democrática que hemos perdido.

[AB]: Francesco Tonucci es una referencia indiscutible en nuestro trabajo. Es un pionero en temas de participación infantil y sus ideas sobre la educación, y las propuestas urbanas que plantea, a pesar de tener ya unos cuantos años, continúan vigentes. Lamentablemente, eso quiere decir que todavía queda mucho por hacer.
En una conferencia suya me encantó la distinción que hizo entre los “trayectos” de los adultos y los “recorridos” de los niños. El trayecto va de un punto a otro y nos empeñamos en  hacerlo lo más rápidamente posible. Lo que ocurre entre medias no nos interesa, sólo queremos llegar al destino lo antes posible. Esto es exactamente lo contrario de lo que hacen los niños: la diversión se acaba en el momento de llegar, lo interesante está entre medias, en el recorrido, en el charco, en el escalón de un portal, en la hoja de árbol que recojo, en el banco que escalo y desde el que salto... Es algo que invita a la reflexión. Cuando vamos por la calle con nuestros hijos y no llegamos nunca... bueno, creo que todos hemos tenido la experiencia. A veces es bueno pararse y mirar la vida otra vez con ojos de niño.





Playgrounds, encuentros de Arquitectura e Infancia. 
Con la excusa de visitar la exposición “Playgrounds. Reinventar la plaza”, un grupo de personas y colectivos que están trabajando en temas de arquitectura e infancia en el estado español se dieron cita en el MNCARS de Madrid el 31 de mayo de 2014. Organizaba La casa de Tomasa y el objetivo era conocerse en persona, intercambiar experiencias y crear red para trabajar colaborativamente. El 12 de julio del mismo año ha tenido lugar el segundo encuentro “Playgrounds”, esta vez en Barcelona, organizado por Arquect y El globus vermell, en el marco de las jornadas anuales de Arquitecturas Colectivas (que este año tenían el lema “La ciudad no se vende, se vive”). Además de seguir profundizando en la creación de la red, en esta segunda ocasión se ha buscado desarrollar tres de los ejes temáticos que proponía el encuentro de Arquitecturas Colectivas:

  • La necesidad de un modelo educativo que permita sustituir una economía voraz y egoísta por una auténtica economía del bien común.
  • La voluntad de construir un nuevo modelo de ciudad basado en un urbanismo y una arquitectura colectivos, inclusivos y bottom-up.
  • Reconocer el derecho a la belleza, que no es una cuestión sólo de estética sino de dignidad. No puede haber estética sin ética.
Os invito a buscar en la red “Playground + Arquitectura + Infancia”. No existe página oficial de los encuentros hasta el momento, pero sí podréis encontrar las impresiones y explicaciones de muchos de los colectivos implicados.

Tonucci y la ciudad de los niños. 
La città dei bambini es un proyecto que nace en Fano (Italia) en 1991, impulsado por el pedagogo y dibujante italiano Francesco Tonucci. Desde el mismo proyecto se reconoce que su motivación no es de tipo educativo o de ámbito estrictamente infantil: “el proyecto desde del inicio ha tenido una motivación política; trabajar hacia una nueva filosofía de gobierno de la ciudad, tomando a los niños como parámetro y como garantía de las necesidades de todos los ciudadanos. No se trata de aumentar los recursos y servicios para la infancia, se trata de construir una ciudad diversa y mejor para todos, de manera que los niños puedan vivir una experiencia como ciudadanos, autónomos y participativos.” El proyecto busca que los niños puedan volver a vivir la calle como suya, de manera autónoma y segura. También propone que el parámetro de todas las decisiones urbanísticas no sea el adulto y que su movilidad no aumente en detrimento de la de los niños. Por último, pone especial énfasis en la participación real de los niños en todas aquellas decisiones que les afectan desde el gobierno de la ciudad.Podéis saber más en la web del proyecto, que dispone de versión en castellano: www.lacittadeibambini.org/spagnolo/interna.htm




dissabte, 25 d’octubre de 2014

Tengo 40 años. Y ahora, ¿qué?

Article publicat el 25 d'octubre de 2014 a Kireei. Tengo 40 años. Y ahora, ¿qué?

Imatge de Carmen Hache.

Estar en la cuarentena hoy es haber nacido en dictadura, haber crecido con la esperanza que generaba una joven democracia y haber estudiado la EGB (y quizá el BUP y el COU). Es haber visto la tele en blanco y negro, recordar una tele con dos canales (UHF y VHF) y, por supuesto, sin mando a distancia. Es haber visto Heidi, Marco, la abeja Maya, Mazinger Z y el bosque de Tallac. Es haber ido al estreno de Regreso al Futuro, Terminator, La historia interminable o Indiana Jones. Es haber asistido a la aparición de los primeros ordenadores personales. Es haber pasado una adolescencia y juventud sin teléfono móvil. Es haber despertado a la conciencia política en un mundo regido por Reagan, Tatcher y Gorvachov, haber empezado a conocer el ruso con las palabras glasnost y perestroika, y haber visto caer el muro de Berlín. Somos la última generación que pudo conocer a un pariente vivo nacido en el siglo XIX (quizá algún bisabuelo). Y hemos llegado ya a la edad de la nostalgia: el éxito de ventas de libros que nos hablan de nuestra infancia y de los productos de consumo que nos marcaron lo demuestra.
Yo, con cuarenta, me siento en el pico de una montaña. No las más alta a la que hubiera podido llegar, pero un pico. Miro hacia la ladera, al escarpado ascenso, y me da miedo girarme y ver al otro lado el descenso, tan temido. Oye, que me empizan a doler las rodillas, pronto voy a necesitar gafas, ya tengo demasiadas canas para mi gusto y… en fin, que no me siento incansable como antes. Quizá pueda quedarme aquí una década más. O dos. ¿O tres? Pero en algún momento tendré que empezar a bajar y al cabo de un tiempo más habrá acabado la excursión. Entre los treinta y los cuarenta fui perdiendo la sensación de invulnerabilidad adolescente (que a mi, por lo que véis, me duró bastante) y haciéndome a la idea de que seguramente no era inmortal. Un drama.
Pero me vienen dos pensamientos a la mente.
El primero, que todavía quedan picos por escalar. No hace falta esperar sentada en este a que sea el momento de bajar, ¿verdad?
El segundo, que hago mía la reflexión de Lluís Llach: “Ir muriendo empieza muy pronto. Y mi teoría es que morir bien, que puede durar treinta o cuarenta años, consiste en saberlo. Me cuesta aceptar el ser humano que va como una máquina de tren hasta que la muerte lo para, ¡paf! (…) Quiero ver todo lo que viene y vendrá como una curiosidad bonita, e intentar luchar contra las partes más feroces y dolorosas, y aprovechar toda experiencia, aunque a veces sea para romperla”.
Los cuarenta son un punto de inflexión, ese cambio de década tiene un peso psicológico, igual que lo tienen los veinte, los treinta, los cincuenta… Pero, creo yo, es también un momento de plenitud. Quizá de crisis. Pero de esperanza y de ilusión, como creo que deben ser el resto de inflexiones que me esperan (que ojalá sean muchas). Y mientras digo esto me pregunto si alguien me contemplará con ternura y benevolencia desde la sabiduría de sus ochenta o noventa.

diumenge, 19 d’octubre de 2014

¿El feminismo está anticuado?

Article publicat a Kireei el 19 d'octubre de 2014. ¿El feminismo está anticuado?

Imatge d'Antoine Henault


“No soy una feminista, pero creo en la fuerza de las mujeres”, dijo Katy Perry hace casi un par de años, y se quedó tan ancha. Frases similares han salido de la boca de otras muchas “celebrities” y son repetidas por mujeres anónimas – algunas muy jóvenes – que “creen en la igualdad pero no están contra los hombres”. Parece que en algún momento en que yo no estaba atenta feminismo pasó a ser sinónimo de anti-hombre, a parte de marimacho, poco femenina, amargada y no sé cuantas cosas más. Algo poco deseable para la mujer moderna que ya no está atada a la pata de la cama, que tiene su trabajo, que se ha liberado y que, si se esfuerza, puede ser igual que cualquier hombre. Igual que el hombre. He aquí la cuestión.
Yo creía que “ser como los hombres” era una fase superada, cuando todavía no nos habíamos dado cuenta de que “ser como un hombre” (que no es ni siquiera la manera de ser natural de muchos hombres sino una construcción cultural) no era la manera “buena” de ser. Que “ser como un hombre debe ser” hace desgraciados a muchos hombres. Que no hay una manera de “ser como un hombre” ni “ser como una mujer”, y que hay muchas maneras de ser, todas válidas.
Dice la wikipedia: “El feminismo es un conjunto heterogéneo de ideologías y de movimientos políticos, culturales y económicos que tienen como objetivo la igualdad de derechos entre varones y mujeres, así como cuestionar la dominación y la violencia de los hombres sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género”. Desde luego, es posible que no compartamos muchos puntos de algunas de las teorías feministas, pero me pregunto quien podría oponerse a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Quien se opondría a cuestionar la dominación y la violencia. Quien está a favor de la asignación de roles sociales según el género… bueno, creo que en este último punto está la cuestión: la asignación de roles sociales. Seguimos pensando en clave de roles sociales y para muchas mujeres conseguir la igualdad es conseguir que les sean asignados roles masculinos.
Yo cuestiono los roles sociales asociados al género, que hacen infelices a hombres y a mujeres. ¿Cuantos hombres son desgraciados intentando aparentar fortaleza, ocultando sus sentimientos y rechazando actividades consideradas femeninas por miedo a ser ridiculizados? Tantos como mujeres son infelices “haciendo de mujeres”, o mujeres son infelices intentando “hacer de hombres”.
Yo cuestiono la percepción subconsciente de que ser hombre es la manera neutra de ser humano y que ser mujer es lo peculiar. Porque no es normal que siempre que en la ficción hay un grupo de amigos, tengamos al simpático, al listo, al guapo, al raro y a la chica. Como si ser chica fuera una característica más, igual que ser listo o guapo. Como si todas las chicas fueran parecidas e intercambiables.
Yo cuestiono que haya cosas femeninas y masculinas per se. Por ejemplo, el rosa y el azul no fueron siempre cosas de niña y niño respectivamente. El rojo es símbolo de la sangre y la guerra (¿os acordáis de Marte?), por lo tanto masculino. El azul, símbolo de la pureza (¡recordad los mantos de la Virgen en los cuadros renacentistas!). Hasta el siglo XIX eran el celeste y el rosa, versiones suaves de esos colores, los propios de niñas y niños. ¿Se están riendo los críos del dios de la guerra cuando ridiculizan el color rosa? ¿Cuantas otras cosas que tomamos como masculinas y femeninas no lo son más que por convención cultural?
Yo cuestiono que se use lo femenino como sinónimo de inferior y ridículo. “¡Eres una nenaza!”, “Corres como una niña”… Ser cojonudo es estupendo, ser un coñazo, lo contrario. Y así, podríamos seguir… Todo un ataque a la autoestima, un continuo condicionamiento subconsciente.
El feminismo no es la batalla de las mujeres contra los hombres. Es la lucha de hombres y mujeres para huír de las etiquetas que les hacen infelices, para ser libres de SER (deliberadamente en mayúsculas), para tener los mismos derechos. En definitiva, mujeres y hombres que luchan por una sociedad más justa, más equitativa, más feliz.