diumenge, 26 d’abril de 2015

Adolescents

Aquesta entrada es va publicar per primer cop a Kireei el 25 d'abril de 2015: Adolescentes: ¿Incapaces de interesarse por nada?


Adolescentes: ¿Incapaces de interesarse por nada?


Fotografia de Carmen Hache

Ahí los tenemos. Sentados y ausentes, la pasividad en persona. Incapaces de interesarse por nada; bueno, al menos por nada de la escuela y seguramente por pocas cosas fuera de ella. Por un oído les entra y por otro les sale. Impermeables al conocimiento. Sus profesores no lo entienden. Ellos solo “pasan”. “Es la adolescencia”, dicen los adultos. “¡No todos los adolescentes son así!”, exclaman otros adultos más optimistas. Es cierto. Solamente son así los que han entrado en apagón emocional. ¿Y eso qué es? Habrá que explicar algunas cosas antes para entenderlo.

Veamos, ¿qué tenemos? Un cuerpo antiguo, diseñado para la vida hace 200.000 años, y un mundo nuevo, que ha cambiado a ritmo cada vez más acelerado en los últimos siglos. Este adolescente pasota de hoy nació hace algo más de una década y empezó a aprender de su entorno desde ese mismo momento. De hecho, ya había aprendido unas cuantas cosas dentro del útero.

Genéticamente vendría programado con más o menos inteligencia, creatividad, constancia… Sin embargo, eso es solo un marco de posibilidades. Los estímulos de su entorno habrán hecho que determinados genes se activen o no. También se habrán dado cambios epigenéticos; esto es, que condicionaran la expresión de sus genes a largo plazo o incluso durante toda su vida. De este modo, su entorno familiar, ambiental, social, escolar… ayudará a que su creatividad se despliegue al máximo o a que se anule, a que sea capaz de aprender durante toda su vida o a que tenga un interés mínimo por el mundo que lo rodea.

Nuestro adolescente viene equipado con neuronas espejo. Esto le ha permitido aprender por imitación. Y no solo puede hacerlo con las habilidades motoras – igual que hacen los chimpancés – sino también con sus habilidades sociales. Se mirará en el espejo de su entorno y lo imitará. Este es un mecanismo moderno, evolutivamente hablando.

También dispone de un mecanismo muy antiguo: el de huida o lucha, que es la respuesta a una situación de estrés. Cada input negativo que ha recibido este adolescente en su vida ha generado estrés. Si las negativas han sido constantes, el cerebro desconecta, decide no reaccionar más. Y llega el apagón emocional. Ya no huye ni lucha ante nada. O quizá pase lo contrario, se pasa el día huyendo de todo, o luchando contra cualquier cosa.

El adulto responsable levanta el dedo y exclama: “¿Qué pasa? ¿No vamos a poder decirles nunca que no para que no se frustren? ¡En mis tiempos esto no pasaba! ¡Nosotros sí que sabíamos lo que era la disciplina! ¡Qué apagón ni qué apagona!”

Tranquilo, querido adulto (que crees firmemente que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la juventud de hoy en día está perdida). No se trata de eso. Se trata de neurociencia, de lo (poco) que hemos aprendido del cerebro humano y de su capacidad de aprendizaje.

Los niños son pequeños científicos y, aunque ahora no lo parezca, nuestro adolescente también lo fue. Dedicaba sus días a experimentar, a establecer hipótesis, a comprobar los resultados, a repetir las experiencias, a cambiar variables… Imaginad un bebé golpeando un objeto repetidamente contra el suelo, luego comprobando qué pasa cuando lo golpea contra otro objeto, y contra otro más… ¡Esto es, sin duda, el método científico!

Debemos preguntarnos si su entorno se dedicó a preservar este espíritu curioso e investigador o, por el contrario, censuró todos sus experimentos (y no solamente los más arriesgados). Quizá una y otra vez le hizo creer que sus capacidades eran nulas, que no sabía, que no podía y que no debía esforzarse en averiguar por si mismo las cosas sino que debía escuchar, obediente, lo que otros, que sabían más, le explicaban. Así fue como empezó a apagarse su curiosidad.

Luego llegó la adolescencia y, con ella, una verdadera revolución neuronal (a parte de la hormonal). Los circuitos de su cerebro implicados en la percepción, la imaginación, el pensamiento abstracto y la toma de decisiones se volvieron aparentemente locos. La toma de decisiones se tornó mucho más emocional.

“Un momento”, dice el adulto responsable, “¿estamos volviendo atrás? ¿No habías dicho que el niño era científico?” Sí, había dicho eso. Y mientras hacía sus experimentos científicos, iba ligando emociones a sus aprendizajes. Los recuerdos más persistentes siempre van ligados a emociones, los procesos cognitivos son inseparables de las emociones. Y el siguiente paso es la optimización de la toma de decisiones…

El método científico es lento y costoso. Si ya el cerebro ha aprendido tantas cosas, por qué no utilizar las emociones como un método rápido y efectivo para decidir. Evolutivamente tiene sentido, es un sistema que favorece la supervivencia, pues se toman decisiones en décimas de segundo que pueden suponer la diferencia entre la vida o la muerte. En la prehistoria – cuando el ser humano era fisiológicamente igual que ahora aunque su mundo fuera muy distinto – el adolescente debía tomar su lugar en la comunidad, asumir riesgos, innovar e introducir cambios. ¿Podemos imaginarlo como una explosión de energía y optimismo?

El cerebro del adolescente es emocional, y es posible que hayamos matado gran parte de su cerebro científico infantil. Y justamente ahora la escuela considera que es el momento de introducir el método científico y de dedicarse al razonamiento puro. Soy partidaria del método científico, que a mi entender debe ser uno de los pilares de la escuela, pero… ¿dónde queda la emoción?

Si ese adolescente ha pasado por la constante negación de sus capacidades y se ha frustrado a diario durante toda su infancia, puede apagarse. Aún teniendo en cuenta que no solo la escuela ha influido sino todo el entorno, y que no todos los niños y adolescentes reaccionan igual, llegaríamos a la famosa frase de Sir Ken Robinson: “¿Matan las escuelas la creatividad?”

¡Y ahora qué hacemos!

Pues lo primero, prevenir: No apaguemos a los niños si no queremos tener adolescentes apagados. Preservemos su capacidad para aplicar intuitivamente el método científico. Estimulemos su curiosidad. Digámosle menos veces “esto esta mal” y más veces “puedes hacerlo mejor”.

Lo segundo, curar: Hay que emocionar. Y tener en cuenta las neuronas espejo. Si queremos adolescentes optimistas, creativos, innovadores, comprometidos… necesitaremos una escuela optimista, creativa, innovadora y comprometida.

¿Y cómo lo hacemos? La próxima semana os presentaré algunos ejemplos reales de escuelas que piensan en niños científicos y en adolescentes entusiastas. Eso sí, teniendo en cuenta que la escuela no es el único – y tal vez ni siquiera el más influyente – entorno de aprendizaje.


Para saber más:

“El juego es el disfraz del aprendizaje”, entrevista al el neurocientífico Francisco Mora.
“La mirada de aprobación del maestro es más gratificante que un 10”, entrevista al genetista y divulgador sobre ciencia y educación David Bueno.
 

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