dilluns, 13 d’abril de 2015

Malèfiques "pantalles"


 Aquest article va ser publicat a Kireei el 20 de setembre de 2014:



“– ¡Venga, deja de leer, que te vas a quedar sin vista!
– Más vale que salgas a jugar, hace un tiempo estupendo.
– ¡Apaga la luz! ¡Es tarde!
Sí, siempre hacía demasiado buen tiempo para leer, y de noche estaba demasiado oscuro. (…) Al descubrimiento de la novela se añadía la excitación de la desobediencia familiar. ¡Doble esplendor!”

Estas palabras están recogidas del libro “Como una novela” de Daniel Pennac, que se identifica personalmente con una generación a la que se le impedía leer. Leer era una pérdida de tiempo más allá de las tareas escolares, un medio de evadirse de la realidad, que llenaba la cabeza de fantasías, apartaba al niño de la vida sana al aire libre y lo convertía en un individuo apartado y asocial.

Y qué no daría ahora cualquier padre por pillar a su hijo absorto en la lectura de Ana Karenina, como pillaban a Daniel mientras Ana galopaba veloz hacia su Vronski. “Se amaban contra papá y mamá, se amaban en contra del deber de mates por terminar, en contra de la redacción que entregar, en contra de la habitación por ordenar, se amaban en lugar de sentarse a la mesa, se amaban antes del postre, se preferían al partido de fútbol y a la búsqueda de setas…, se habían elegido y se preferían a todo… ¡Dios mío, que gran amor! Y qué corta era la novela.”

Fantástico.

Ahora voy a parafrasear a Daniel Pennac, poniéndome en el lugar de la generación de nuestros hijos, en una nueva situación que no existía hace 40 años.

“– Venga, deja ya la maquinita, que te vas a quedar sin vista!
– Más vale que salgas a jugar, hace un tiempo estupendo.
– ¡Apaga el ordenador! ¡Es tarde!
Sí, siempre hacía demasiado buen tiempo para jugar, y de noche había que dormir. (…) A la diversión del juego se añadía la excitación de la desobediencia familiar. ¡Doble esplendor!”

“Mi torre con pasadizos secretos y vacas-seta en Minecraft se había construído contra papá y mamá, se había construído en contra del deber de mates por terminar, en contra de la redacción que entregar, en contra de la habitación por ordenar, se levantaba tozuda en lugar de sentarse a la mesa, me llamaba antes del postre, la prefería al partido de fútbol y a la búsqueda de setas…, era mi gran creación y era mejor que todo… ¡Dios mío, menudo laberinto había montado! Y una vez construído, qué rápido era recorrerlo entero.”

No, líbreme dios de comparar Ana Karenina con un juego de ordenador. Pero en mis recuerdos de adolescencia, La isla del tesoro de Stevenson no está muy lejos de las aventuras del pirata LeChuck en Monkey Island. Las películas de Indiana Jones me traen casi tantos recuerdos entrañables como el humilde laberinto del sultán, con su machacona musiquilla. A veces sonrío cuando recuerdo el ruido que hacía el cassette del Amstrad al cargar los juegos, igual que sonrío cuando recuerdo las muñecas que me fabricaba con una mazorca de maíz.

Sí, soy de la primera generación que jugó a juegos de ordenador. Y quizá por eso no contemplo con horror esa tecnología, no la veo incomprensible, ni lejana, ni especialmente peligrosa. Naturalmente el uso que se le da puede ser bueno o malo. Hay juegos fantásticos y juegos horribles, igual que hay libros dañinos por las retrógradas ideas que inculcan a los adolescentes y no por eso se demoniza la lectura. “Que lean lo que sea, mientras lean”, he oído a menudo.

Podría ahora dar una lista de todos los beneficios congnitivos y emocionales que pueden proporcionar los juegos de ordenador, de todas las destrezas – incluídas algunas sociales – que ayudan a desarrollar, para compensar la lista (a veces alarmista, a veces razonable) de peligros y perjuicios. Pero no lo voy a hacer. No es necesario. Aunque, si alguien quiere, puede leerse este artículo, donde ya hay quien ha pensado en los juegos digitales como artefacto cultural aprovechable dentro del aula. Yo, simplemente, voy a seguir disfrutando con mis hijos sin olvidar el sentido común.


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