dissabte, 19 de setembre de 2015

Micromaltrato

Article publicat originalment a Kireei: Micromaltrato.



Hace unos días vi un vídeo hecho con un móvil en la calle. Un grupo de personas de piel negra había sido parado por la calle por la policía – no sé en qué país – y uno de ellos abría su mochila con mucha rabia, esparcía por la acera un mono azul y otras piezas de ropa y empezaba a voz en grito un discurso de rabia y desesperación: “Solo es ropa de trabajo. Voy al trabajo. ¿Por qué mi prisa es sospechosa y la de ellos no? ¡Porque ellos son blancos! Soy un ciudadano, tengo derechos como los demás. A ellos no los paras. ¿Por qué a mi sí? ¡Porque soy negro, soy sospechoso!”. Viéndolo se me ponía un nudo en la garganta. No es la primera vez que leo testimonios como este. Recuerdo el de una mujer – blanca – que había adoptado a un niño – negro – y acabando este de entrar en la adolescencia, su hijo ya había sido parado por la policía y tomado por sospechoso, mientras que sus amigos blancos – vestidos igual, educados igual, comportándose igual – no.  Si tienes el color de piel “correcto” nunca vas a experimentar una serie de situaciones injustas, y a algunos quizá les resulte difícil empatizar con los que sí las viven. “Son victimistas”, “algo habrán hecho”, “no hay para tanto”…
Homosexuales, mujeres, pobres, minorías étnicas, hablantes de lenguas minorizadas, ancianos, niños… Todos excepto los carentes de humanidad nos vamos a solidarizar con estos colectivos cuando sufren grandes discriminaciones o agresiones físicas. Sin embargo, su sufrimiento diario se debe a pequeños micromaltratos. Muchas veces esos micromaltratos han sido asumidos por los maltratados y ni siquiera son capaces de detectarlos. Es posible que incluso se hayan creído que son merecedores de ellos, que es lo normal. En el caso de las mujeres, esto se conoce como micromachismos. El menosprecio, el “eres una nenaza”, el referirse a las mujeres solo acerca de su belleza o su posición respecto al hombre, el ninguneo, el estereotipo… Es la parte del iceberg que no se ve, y la que es realmente peligrosa. La que es capaz de hundir el Titanic.
Frente a las acusaciones de victimismo, frente al fastidio por el uso de un lenguaje políticamente correcto (a menudo usado para evitar la reflexión profunda sobre el problema), frente a la pasividad, ¿qué podemos hacer?
Poner de manifiesto cada pequeño micromatrato, microdiscriminación; esos actos invisibles diarios, que gota a gota van llenando el vaso de la desigualdad. Y, sobre todo, intentar empatizar. Si eres blanco, si eres hombre, si eres un adulto en plenitud de capacidades, si tu lengua materna – la de tus afectos – es una lengua de uso internacional, si tienes un buen trabajo, si eres heterosexual… ponte por un día en la piel de aquel que es otra cosa, pero que es capaz de sentir la injusticia como la sentirías tú.

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