dimarts, 20 de gener de 2015

Paraula i silenci


Articles publicats originalment a Kireei.com: “El poder de la palabra” (10/1/2015) i “El poder del silencio” (18/1/2015).


Il·lustració d'Anuska Allepuz


La palabra

“Un día, mirando desde la ventana de mi aula a los niños que jugaban en el patio, libres, felices, se me ocurrió compararlos con los que tenía sentados delante de mí en sus mesas, obedientes, resignados, sin ideas, mientras que los de ahí abajo estaban vivos, rebosantes de fantasía. Desde aquel día dije basta a un viejo tipo de escuela, la escuela autoritaria en la que yo mandaba y los niños obedecían y empecé otra en la que liberando a los niños me liberaba a mí mismo, daba sentido a mi propia vida y dejaba de hacer de ellos pequeños esclavos”. 

Estas son palabras de Mario Lodi, pedagogo italiano que falleció en marzo de 2014 a la edad de 92 años. Lodi creía que el pedagogo no era un especialista en conocimientos sino un experto en conversar con los niños. Según él, los niños no debían ser “los sin voz”, sino que iban a la escuela a expresarse, pensar y crear.

Gianni Rodari, escritor y pedagogo, también creía en el poder liberador de la palabra. Decía: “ ‘El uso total de la palabra para todos’ me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”.

En su poema “El cien existe”, Loris Malaguzzi reivindicava la expresión infantil utilizando múltiples lenguajes (cien) y lamentaba que los adultos les robaran noventa y nueve de ellos :

“Le dicen:
 que piense sin manos,
 que haga sin cabeza,
 que escuche y que no hable,
 que entienda sin alegrías,
 que hable y se maraville
 sólo en Semana Santa y en Navidad.”

El uso de la palabra, junto con todas las otras formas de expresión que existen, es instrumento de libertad, es herramienta de descubrimiento, nos pone en contacto con el otro. Aprender a usar la palabra y a respetar la palabra del otro, he aquí uno de los principales objetivos que la escuela debería perseguir. Pero demasiado a menudo nos centramos en enseñar a escuchar y a repetir lo que la autoridad marca, consagrando el valor supremo del silencio, el respeto entendido como sumisión y la libertad como un peligro que aplazamos para luego, “cuando seas mayor”.

Dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su prólogo que es “la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”.

Solo deseo un mundo donde la palabra sea libre y eso nos libere del temor.

El silencio

Sin el silencio no seria posible la palabra. Imaginemos un discurso sin pausas, sin descanso. No se comprendería y, al final, el hablante se quedaría sin aire. Sin silencio tampoco hay canciones, ni música. Pero el silencio es más: Decía Schopenhauer que “el silencio es el grito más fuerte”, Chesterton creía que “el silencio es la réplica más aguda” y Erasmo pensaba que la verdadera amistad se identificaba por la posibilidad de estar juntos guardando silencio.

La semana pasada os hablaba del poder de la palabra, y partía del escenario escolar para ilustrar su importancia: frente a la imagen de aulas silenciosas, aulas bulliciosas, llenas de vida y comunicación. Y lo sostengo. Creo sinceramente que imponer el silencio no genera necesariamente pensamiento, ni reflexión, ni trabajo individual efectivo. Es el deseo de reflexionar y el interés por la tarea personal que se realiza aquello que produce el silencio sin necesidad de ser impuesto.

Saber cuando el silencio es una necesidad, una elocuente respuesta o una actitud respetuosa es un aprendizaje que debe realizarse. Hay que aprender a administrar los propios silencios, y no se consigue si el silencio es la obligación y la palabra es la “venganza” por ese silencio impuesto. Así, ni silencio ni palabra tienen sentido alguno.

El silencio puede estar lleno de palabras: las que nos decimos a nosotros mismos, las que nos dice el libro que leemos, las que escribimos en un papel… Cuando alguien está haciendo algo que le apasiona, suele permanecer en un concentrado silencio, sintiéndose pleno y feliz. Desearía, pues, que en las escuelas (y en los lugares de trabajo, y en las casas… ¡en todas partes!) también hubiera muchos momentos de absoluto silencio: el silencio de una lectura absorbente, un descubrimiento fascinante, una tarea apasionante, una escucha atenta o un pensamiento interesante.

Ese es el silencio que da poder a la palabra, no el que se lo retira.