diumenge, 25 d’octubre de 2015

Verde


Este artículo lo escribí para la revista Kireei Magazine, otoño 2015.


 Foto del blog Paperblog

Richard Louv, periodista, acuñó en su éxito de ventas “The last child in the woods” la idea del trastorno por déficit de naturaleza. Aunque la teoría no tiene un auténtico respaldo científico y se corresponde más a una percepción personal, lo cierto es que tiene algo que ver con la hipótesis de la biofília, enunciada en los años 80 por Edward O.Wilson y que afirma que ya que los seres humanos evolucionamos insertados en la naturaleza todavía tenemos inscrita en  nuestro genotipo esa afinidad con el medio natural. Que separarnos de la naturaleza, como afirma Louv, nos provoque enfermedades psiquiátricas ya es dar un paso más allá. Sin embargo, no parece descabellado sospechar que el contacto con la naturaleza es beneficioso para todos, especialmente para los niños, y que, por lo tanto, su eliminación tendría consecuencias negativas. A esta idea corresponde el nacimiento de las escuelas bosque, que a través del contacto directo y constante con la naturaleza buscan que los niños contacten también con su propio cuerpo, sus pensamientos y deseos. En la naturaleza el niño desarrolla su instinto de exploración, no tiene límites para el juego espontáneo,  se expone a todo tipo de vivencias – ¿y qué son las vivencias si no el vehículo para un auténtico aprendizaje?

A mí la naturaleza me salvó la vida. En realidad se la debo a dos entornos: la naturaleza y la escuela. No fue una escuela cerrada, la mía, ni una naturaleza de fin de semana. Os invito a una breve visita al lugar del mundo en el que nací y en el que hoy sigo viviendo.

Mi barrio es hoy un bonito barrio para vivir. Hay árboles en las calles, una zona pacificada por la que puedes caminar (casi) sin miedo a los coches, antiguas fábricas reconvertidas en biblioteca y locales para las asociaciones culturales y vecinales, espacios industriales transformados en parques urbanos, una rambla amable bajo un techo de hojas verdes... Cuando yo era niña (años 80) la rambla era una auténtica autopista criminal, las fábricas estaban abandonadas o en decadencia, no había árboles en las calles y los coches aparcaban por doquier: en las aceras, en las plazas (con suerte plazas duras, con mala suerte un barrizal)... La palabra descampado la conocían todos los niños. Las vías de tren estaban rodeadas de basura y en cualquier rincón encontrabas las jeringuillas usadas que te recordaban que vivías en tiempos de heroína. Si mis padres hablan de su infancia como una infancia en blanco y negro, transformados sus recuerdos a través de las fotografías antiguas, yo veo la mía, en la distancia, como una infancia descolorida, quemada por la luz, como esas fotos de los años 70 que han perdido sus colores originales, que han entrado prematuramente en el reino de la decrepitud. Fue mi infancia enmarcada en 60 metros cuadrados, dentro de un gran bloque de pisos, en una calle a medio asfaltar, con barracas ante la puerta y una fábrica abandonada, colonizada por las ratas, justo al lado.  Solo la escuela, ese reino de los libros y la palabra, con un gran patio con árboles, su pequeño jardín, sus ventanas al mundo, me dejaba respirar. Y los veranos. Esos veranos en el pueblo. Que no era pueblo, en realidad, lo que recuerdo: era un verano en lo verde.

Los vientos oceánicos habían regado todo el año aquella tierra con lluvias abundantes. La tregua estival anunciaba la llegada de los emigrantes que retornaban a la aldea, un ramillete de casas dispersas por un municipio imposible de adivinar en los mapas. Caminos estrechos enmarcados por muretes de piedra dividiendo miles de pequeños campos de cultivo. Vacas. Agua. Verde.
Nada más llegar, nos soltaban – a nosotros, los niños – y ya no existía apenas ley hasta que un mes más tarde nos subían de nuevo al coche para volver a la realidad.
Era un mes de atravesar corriendo prados, campos de maíz, bosques con el suelo cubierto de helechos. Me paro en los helechos: helechos más grandes que yo – una niña boquiabierta – que me sugerían algo muy antiguo, una planta de otros tiempos a la que yo no estaba acostumbrada, un raro vegetal en la penumbra, casi de leyenda. Y de vuelta al maíz, que arrancábamos para hacer muñecas. Y el huerto, enorme y ordenado en hileras onduladas, por donde corría el agua de riego. Y el pozo fresco, el manantial. Saltar paredes de piedra que se desmoronaban a veces, sufrir a las ortigas y a todo tipo de insectos, volver con las piernas llenas de picaduras, heridas e irritaciones, y no importar nada. Lanzarse en una bicicleta sin frenos por pendientes sin asfaltar, perseguidos por los perros. Subir al cerezo, hacerse pendientes de cereza, comer cerezas sentada en una rama. Manzanas silvestres, pequeñas y ácidas. El olor de la hierba segada. Cabañas. Chapuzones en el lavadero cuando llevaba agua limpia. Las enormes piedras blancas, rocas gigantescas que surgían de la tierra, cubiertas de musgo. Nos deslizábamos por ellas sentados en un saco, como si fueran toboganes. Huesos de gigantes muertos hace eones.

Un día triste, vuelta al coche, la abuela que llora al despedirnos, horas inacabables de atravesar campos de Castilla, el calor infernal de la ciudad que nos recibe entre polígonos industriales. El barrio. Los 60 metros. La foto quemada por la luz.

Sí, ese mes de verde anual salvó mi vida. La ciudad cambió, el verde entró en ella y yo aprendí a amarla. Pero eso fue mucho más tarde.

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