diumenge, 1 de febrer de 2015

La memòria dels que van ser

Recupero dos articles que vaig escriure pel blog Kireei. Estan basats en dues persones reals, però amanit amb detalls de ficció que no es corresponen amb la realitat. El que importa és la sensació que em calia treure fora en aquell moment i l'homenatge a dues persones a qui vaig conèixer quan ja eren molt grans - i jo molt jove - i que vaig aprendre a estimar en el poc temps que van viure a partir d'aquell moment, com si fossin els meus autèntics avis, als que gairebé no vaig conèixer.
En la inconsciència de la meva joventut veia els "vells" com a gent poc interessant, gairebé invisibles. Però ells em van fer canviar.


Del blog Kireei, La pianista (1 de febrer de 2015) i ¡Otra vez las batallitas del abuelo! (24 de gener de 2015)

La pianista

1930. Tiene dieciocho años. Su mano se posa sobre las teclas del piano mientras oye como el rollo de la película empieza a girar. En el café-teatro de su familia se proyecta cine mudo los fines de semana. La gente del pueblo viene y se sienta en las sillas del bar que se han dispuesto en la sala, frente a la pantalla. Ella interpreta la música mientras los actores se mueven gesticulando en silencio. La época del cine mudo está llegando a su fin, pero en el pueblo todavía no lo saben. Entre el público hay alguien que no mira la pantalla, solamente la mira a ella.
1940. No hay piano, no hay cine. Solo hay miedo y hambre. Su marido, con el que se casó poco antes del inicio de la guerra, vive escondido. Fue soldado republicano y teme las represalias. De eso, no se habla. Coser, alimentar a la gallinas, hacer truque con los vecinos, sobrevivir. De eso se trata.
1950. Hay una niña pequeña en casa. La tuvieron pasada la treintena, muy mayores para lo esperado. Culpa de la guerra, dice ella. “No queríamos traer a nadie a pasar hambre y frío”. Será hija única.
1960. Su marido ha hecho un esfuerzo, fue a la capital de la comarca y encargó un piano. Es un modesto piano de pared. Ella se sienta en el taburete frente a él. Acaricia las teclas. Cierra los ojos. Le parece ver de reojo a Buster Keaton. Hacía veinticinco años que no tocaba.
1975. La niña que ya no es niña está casada y viven todos juntos. Hay dos nuevas niñas en la casa. Se mira al espejo, su pelo ya es casi todo blanco. Ahora es una abuela que despierta nietas, prepara desayunos y meriendas. Se mueve en un segundo plano en la que fue su casa, gobernada ahora por gente joven que sabe mejor lo que conviene. Pero la cocina sigue siendo su domino y el piano su refugio.
2000. La nieta mayor ha invitado a toda la familia a su casa para celebrar el nacimiento de su hija, la bisnieta. Es un bebé precioso. El piano de la abuela decora ahora el comedor de la nieta, y está jalonado de fotografias familiares. En ninguna aparece quien fue la propietaria, la pianista que hace tanto se desvaneció. “Abuela, toca algo”. Hace tanto… pero se sienta y con sus manos temblorosas de casi noventa años se atreve a interpretar Claro de Luna. No lo sabe pero será la última vez que acaricia las teclas de un piano.
2015. Alguien escribirá sobre ella en un blog, y recordará a la pianista de cine mudo como si la hubiera visto tocando ochenta y cinco años atrás. La vestirá y la peinará con la ropa y los peinados de los años treinta que el cine le habrá mostrado. Reconstruirá su vida con retazos y suposiciones. Dará testimonio de que ELLA fue, vivió, amó y soñó. Y que, por lo tanto, existe.


 ¡Otra vez las batallitas del abuelo!

Yo tenía solamente veinte años y él no era mi auténtico abuelo. Era un abuelo postizo, un abuelo político. Sin embargo, durante la década que todavía vivió desde que yo lo conocí, llegué a quererlo como si fuera mi propio abuelo. Más que a mis propios abuelos de los que apenas sé nada.
El abuelo siempre estaba explicando historias. Que si en mis tiempos, que si los jóvenes de ahora no sabéis, que si “tiempos vendrán, hijo mío”. Esta última frase era especialmente graciosa, porque era la única que le oí nunca pronunciar en castellano. Después que la soltara, con el dedo admonitorio en alto, los nietos se escacharraban de risa y él se enfurecía terriblemente. Y es que no soportaba nuestra incosciencia, ignorantes al hecho de que uno podía vivir felizmente y, de repente, hundirse todo a su alrededor. Él, que pasó su juventud en una guerra fraticida y su vida adulta tragándose el orgullo con miedo.
Lo recuerdo sentado en su butaca, con sus ojos pequeñitos y su gran nariz, sus manos temblorosas pasándo páginas del periódico, sus comentarios futboleros y sus omnipresentes recuerdos. “La primera vez que estuve en Barcelona fue para ver la exposición del 28, estuve en casa de unos parientes”. “Yo, en la guerra, nunca maté a nadie”. “Cuando se acabó la guerra nos subieron a un tren, nos íbamos a Francia. Pero yo no podía irme, salté del tren y me fui caminando a casa. Estuve escondido mucho tiempo”. Sus historias nunca tenían fin.
Ahora me arrepiento de no haber escuchado con más atención, de no haber anotado sus anécdotas, de no haberlo grabado. Hace más de diez años que no está y toda la sabiduría y la experiencia que atesoraba se perdieron. Algo ha dejado tras de sí, pero todo lo que aquellos ojos vieron, lo que aquel corazón sintió, el mundo que ya no existe, su testimonio de casi un siglo… ¿qué ha sido de todo ello?
Yo, que ya he vivido lo suficiente como para ser atacada por la nostalgia pero que todavía veo un futuro abierto, desearía volver a aquellas tardes y demostrarle que sus recuerdos eran valiosos y que a través de él nos volvimos más sabios.
Algún dia espero ver las caras impacientes de unos nietos llenos de futuro, girando los ojos en blanco y exclamando “¡otra vez la misma historia, abuela!”. Pero no me apenará, sonreiré por dentro. La semilla estará plantada.

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