dissabte, 25 d’octubre de 2014

Tengo 40 años. Y ahora, ¿qué?

Article publicat el 25 d'octubre de 2014 a Kireei. Tengo 40 años. Y ahora, ¿qué?

Imatge de Carmen Hache.

Estar en la cuarentena hoy es haber nacido en dictadura, haber crecido con la esperanza que generaba una joven democracia y haber estudiado la EGB (y quizá el BUP y el COU). Es haber visto la tele en blanco y negro, recordar una tele con dos canales (UHF y VHF) y, por supuesto, sin mando a distancia. Es haber visto Heidi, Marco, la abeja Maya, Mazinger Z y el bosque de Tallac. Es haber ido al estreno de Regreso al Futuro, Terminator, La historia interminable o Indiana Jones. Es haber asistido a la aparición de los primeros ordenadores personales. Es haber pasado una adolescencia y juventud sin teléfono móvil. Es haber despertado a la conciencia política en un mundo regido por Reagan, Tatcher y Gorvachov, haber empezado a conocer el ruso con las palabras glasnost y perestroika, y haber visto caer el muro de Berlín. Somos la última generación que pudo conocer a un pariente vivo nacido en el siglo XIX (quizá algún bisabuelo). Y hemos llegado ya a la edad de la nostalgia: el éxito de ventas de libros que nos hablan de nuestra infancia y de los productos de consumo que nos marcaron lo demuestra.
Yo, con cuarenta, me siento en el pico de una montaña. No las más alta a la que hubiera podido llegar, pero un pico. Miro hacia la ladera, al escarpado ascenso, y me da miedo girarme y ver al otro lado el descenso, tan temido. Oye, que me empizan a doler las rodillas, pronto voy a necesitar gafas, ya tengo demasiadas canas para mi gusto y… en fin, que no me siento incansable como antes. Quizá pueda quedarme aquí una década más. O dos. ¿O tres? Pero en algún momento tendré que empezar a bajar y al cabo de un tiempo más habrá acabado la excursión. Entre los treinta y los cuarenta fui perdiendo la sensación de invulnerabilidad adolescente (que a mi, por lo que véis, me duró bastante) y haciéndome a la idea de que seguramente no era inmortal. Un drama.
Pero me vienen dos pensamientos a la mente.
El primero, que todavía quedan picos por escalar. No hace falta esperar sentada en este a que sea el momento de bajar, ¿verdad?
El segundo, que hago mía la reflexión de Lluís Llach: “Ir muriendo empieza muy pronto. Y mi teoría es que morir bien, que puede durar treinta o cuarenta años, consiste en saberlo. Me cuesta aceptar el ser humano que va como una máquina de tren hasta que la muerte lo para, ¡paf! (…) Quiero ver todo lo que viene y vendrá como una curiosidad bonita, e intentar luchar contra las partes más feroces y dolorosas, y aprovechar toda experiencia, aunque a veces sea para romperla”.
Los cuarenta son un punto de inflexión, ese cambio de década tiene un peso psicológico, igual que lo tienen los veinte, los treinta, los cincuenta… Pero, creo yo, es también un momento de plenitud. Quizá de crisis. Pero de esperanza y de ilusión, como creo que deben ser el resto de inflexiones que me esperan (que ojalá sean muchas). Y mientras digo esto me pregunto si alguien me contemplará con ternura y benevolencia desde la sabiduría de sus ochenta o noventa.

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