divendres, 28 d’abril de 2017

¿Incapaces de cambiar nada?


Il·lustració d'Albert Asensio

¿Quien no está en estos días desorientado y preocupado a causa del auge de los populismos, la aparición de conceptos como "precariado" o la constatación de que las viejas seguridades se han esfumado?  Zygmunt Bauman decía que "todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada y sufrimos la falta de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente".

Es cierto que vivimos en un mundo que se caracteriza por el cambio y la provisionalidad. Somos bombardeados con información que no podemos retener ni procesar. Es difícil sacar conclusiones de nada ni detenerse mucho tiempo en una cuestión pues enseguida nuevas urgencias nos apremian. La actualidad se convierte en una sucesión de ráfagas borrosas, imprecisas. Una repetitiva novedad.

Por otro lado, aquellos que creen tener más criterio que los demás se lamentan de los límites de la democracia. Seguro que habéis oído - o incluso dicho - que es de locos que el voto de personas que depositan un papel en la urna "sin pensar ni saber lo que hacen" tenga el mismo valor que el de aquel que ha reflexionado partiendo de informaciones (presuntamente) contrastadas. El Brexit, la victoria de Trump e incluso otras victorias más cercanas han hecho que las redes sociales o las tertulias de la tele se llenen de opiniones de menosprecio acerca del voto de ciertos colectivos, considerados más racistas, ignorantes, egoístas, susceptibles de ser engañados, irresponsables...

Y, a parte de los que "votan mal", están los que no participan. Bauman atribuía el hecho de que muchos jóvenes decidieran quedarse al margen del sistema, refugiándose en mundos imaginarios o incluso destructivos, a la falta de expectativas a largo plazo. Hace ya 50 años Freinet atribuía esta tendencia a la evasión a la imposición de coacciones arbitrarias y sin sentido desde la misma escuela. La tensión insoportable se combate con un adormecimiento que reduce el sufrimiento físico y moral.

¿Pero es la escuela parte del problema o de la solución? Quizá ambas cosas: en paralelo a la creación de una institución escolar universal para dar respuesta a las necesidades educativas que la sociedad industrial requería, surgieron movimientos de renovación pedagógica que pretendían transformar esa institución de opresión y perpetuación de orden social en una herramienta para la libertad, la democracia y la emancipación. En los últimos 200 años no han parado de surgir corrientes pedagógicas defendiendo que la escuela podía ser el germen de una sociedad más justa, más libre y más consciente, inspirando a generaciones de maestros que han intentado construir un mundo mejor.

Sin embargo, aquí estamos, en pleno siglo XXI y utilizando las viejas ideas de esos pedagogos para intentar arrojar un poco de luz sobre nuestra confusión. No hemos conseguido una ciudadanía libre, culta, formada y con criterio que haga funcionar la democracia en favor de todos. Al contrario, parecemos impotentes y desorientados, engañados de alguna manera para ejercer de piezas de un sistema que no nos sirve a nosotros sino a unos pocos. A los de siempre.

Bauman sostiene que es crucial transformar el sistema educativo, ya que "la cultura líquida moderna ya no es una cultura de aprendizaje, es, sobre todo, una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido". Estamos en un nuevo escenario y ni siquiera hemos llegado a implementar completamente los cambios que quizá podrían haber funcionado en el mundo de conocíamos. ¿Puede la escuela ser todavía el germen del cambio? ¿Lo fue alguna vez? ¿Puede competir con los medios de comunicación, que ofrecen una evasión fácil, empobrecedora y alienante?

Tengo una anécdota al respecto. Hace algún tiempo en el instituto donde trabajaba se organizaron unos monólogos de humor científico. Alumnos de tercero de ESO fueron invitados (es decir, obligados) a asistir con la finalidad de estimular vocaciones científicas. Los monologuistas, jóvenes doctores e investigadores, sacaron a relucir su humor más friki, que incluía algunas muestras de hilarante desprecio por programas de tele basura. La sorpresa saltó cuando algunos alumnos, cuyos máximos referentes son los protagonistas de esa tele basura, se sintieron personalmente insultados, tratados de tontos y humillados. Su desapego hacia la institución escolar creció un poco más. Lamentablemente, la brecha se amplía cada día.

No. No podemos encerrarnos en una burbuja, caricaturizar y menospreciar a los que viven en otras burbujas diferentes. No podemos analizar el mundo desde nuestra atalaya y luego sorprendernos de las realidades sociales cuando nos atrapan en forma de incomprensible resultado electoral. Los profesores que organizaron los monólogos y los universitarios que los llevaron a cabo vivían, indudablemente, en un mundo diferente que algunos de esos alumnos.

Una de las famosas invariantes pedagógicas de Freinet reza así: "Todo individuo quiere conseguir éxitos. El fracaso es inhibidor, destructor del ánimo y del entusiasmo." Por lo tanto no podemos entrar en la escuela con la sentencia del fracaso, cuando fuera se les está ofreciendo la gratificación de un falso éxito sin esfuerzo. No podemos humillar al que no sabe, cuando fuera de la escuela se le está adulando y aceptando en un rebaño (hacia donde se le conduce, es lo que debemos hacer que descubra). No podemos ser arrogantes desde una posición inalcanzable para muchos porque eso les hará construir sus propios bastiones de arrogancia.
Pero no podemos tampoco dedicarnos a competir en "diversión" con las vías de evasión alienantes. Ya advertía Dewey que la escuela debe ser un espacio de producción y reflexión, no un entretenimiento.

Mi conclusión es que sí, la escuela puede ser un motor de transformación social. Necesitamos que lo sea. Y lo será. Aunque para ello tengamos que hacer explotar algunas burbujas y transformar otros espacios más allá de la institución escolar. Solo si abandonamos el individualismo de esta sociedad líquida en la que lo colectivo se ha difuminado podremos conseguirlo. Solo si aquellos docentes y familias que desean el cambio y tienen capacidad de luchar por él deciden poner sus energías no exclusivamente en su hijo, su alumno, su centro, sino en todos los hijos, alumnos y centros, podremos conseguirlo. Creo que por más líquido que se vuelva todo, por más efímero que parezca todo, por más prisa que tengamos... debemos volver a pensar en el bien común y no en soluciones individuales. Y el bien común pasa por una ciudadanía despierta y solidaria, que se consigue no desde una posición de superioridad y un espíritu de salvador providencial sino desde la humildad, el respeto a la dignidad de todas las personas y el compromiso.



Aquest article va ser publicat per primer cop a Kireei Magazine 8 (primavera 2017).

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