dijous, 28 de febrer de 2013

Sobre projectes d'innovació educativa en perill


Article original aparegut a Kireei el 26 de febrer de 2012: Escuelas que no se conforman.


Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. (Albert Einstein)



Foto Megan Spelman para Kireei magazine

Estamos saturados de oír noticias acerca de los resultados en las pruebas PISA, de la excelencia educativa en las escuelas finlandesas y de la compración entre el tipo de excelencia conseguido en ese país y el que se consigue por otros métodos en lugares como Corea (la diferencia es, ni más ni menos, la felicidad de los niños). Nos da envidia Finlandia pero… ¿de verdad entendemos dónde radica la diferencia? No son solamente las dotaciones económicas o la arquitectura escolar, no es solamente la formación del profesorado. Todo eso es muy importante, pero lo más importante de todo es la sociedad que ha permitido, impulsado y apoyado ese tipo de educación. ¿Estamos nosotros dispuestos a cambiar nuestra forma de pensar y de actuar? ¿Estamos dispuestos a apoyar otro tipo de escuela?

Reflexiones como las de Carmen, maestra en Madrid, cuando se pregunta ¿En qué quedamos? desde su blog En búsqueda. Crónica de un viaje a Ítaca, nos dan algunos elementos para la reflexión. Su conclusión es muy elocuente:

“Seamos coherentes: ese sistema desastroso y catastrófico que hay en nuestras aulas, es instructivo y no constructivo, fomenta la memoria en detrimento de la creatividad y la autonomía, ignora por completo los ritmos madurativos de los chavales, descarta totalmente el juego como principal motor de aprendizaje, sobrecarga las clases con más de 25 alumnos, programa tiempos y espacios totalmente rígidos, no deja sitio a la iniciativa y el debate, no digamos ya al cuestionaminto de lo establecido. Y es ese mismo sistema, alentado e incluso endurecido por nuestro gobierno, el que lleva años produciendo un porcentaje altísimo de fracaso escolar, alumnos desmotivados y abandonos apenas empezada la secundaria. Si de verdad creemos que en Finlandia está la salvación empecemos a aceptar y defender las pequeñas semillas de innovación, de respeto al niño, de metodología activa, que hay en nuestros coles. Como profes… y también como familias.”

Afortunadamente existen proyectos públicos de innovación educativa que salen adelante con el esfuerzo de maestros y familias, con la complicidad de una comunidad de aprendizaje que se compromete a intentar algo diferente. En realidad, no es algo tan diferente, pues no hace más que recuperar principios de, por ejemplo, la escuela de la República, el método Montessori, la experiencia de Reggio Emilia, la pedagogía de Célestin Freient… Nada inventado precisamente ayer.




Estos proyectos, que requieren del apoyo de las instituciones educativas para su continuidad, están en muchos casos en la cuerda floja, especialmente en estos tiempos de crisis y recortes. Un caso que nos ha tocado la fibra sensible es el de la escuela pública Joan Coromines de Mataró. Nos ha escrito una madre explicándonos esto:

“El Coro, que es como lo conocemos los padres y madres cariñosamente, nació hace seis años partiendo de la inquietud de algunas madres y de los sueños de algunos maestros, y se ha ido construyendo a si mismo a base de amor, confianza, seriedad y trabajo en equipo.

Ahora, nuestra querida escuela se ve amenazada.

Esta semana se nos ha confirmado el cierre de una línea de P3 y, pese a nuestros esfuerzos (manifestaciones, un encierro de 24 horas…), la realidad nos ha caído encima como un jarro de agua helada. La escuela peligra y el ideal de educación basado en el respeto al niño, a sus ritmos reales y a sus intereses, que hemos soñado y defendido, podría desaparecer en poco tiempo”.

Este es un video que resume el maravilloso proyecto del Joan Coromines, un proyecto que vale la pena mantener. El video es en catalán pero aunque no dominéis el idioma las imágenes hablan por si solas.

 



Para saber más sobre escuelas con propuestas alternativas podéis empezar leyendo este artículo de La Vanguardia: La escuela busca otra educación.



Desde Kireei queremos enviar nuestro apoyo a la escuela Joan Coromines y a todas las escuelas que innovan, que apuestan por el camino difícil, que luchan por sacar adelante sus proyectos y que están pasando unos momentos muy complicados. En sus manos está nuestro futuro. ¿Queremos seguir con lo mismo o estamos dispuestos a apoyarles para intentar algo diferente?

dimecres, 27 de febrer de 2013

Ciutats per a nens, ciutats per a tots

Article original aparegut a Kireei el 18 de febrer de 2013: Ciudades para niños, ciudades para todos.


“Recuerda cuando los niños jugaban en las calles? ¿Y cuando salían de casa cada mañana con su cartera y emprendían el camino al colegio? Hace unos años era una práctica normal, cotidiana y saludable que se ha ido perdiendo, sobre todo en las grandes ciudades, donde se ha sustituido por otra estampa: la de miles de coches tomando las calles, en doble o triple fila a la puerta de los colegios, con niños que entran y salen presurosos. Unos niños cada vez más sedentarios y menos autónomos y unas calles cada vez más atestadas de coches y contaminación. En los años 70, el 80% de los niños europeos de 7 y 8 años acudían solos al colegio. Veinte años después lo hacía el 9%, según el estudio sobre movilidad infantil de Hillman, Adams y Whitelegg. La Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, dice: “El niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal”. ¿Hasta qué punto les estamos hurtando estos derechos cuando dejamos que las calles sean territorio casi exclusivo de los coches?”

En referencia a este problema escribí este fragmento del artículo “El tiempo o la vida” que aparece en el número 3 de Kireei magazine, dedicado a la lentitud:

“Presionamos tanto a nuestros hijos que no les dejamos elegir su camino”, afirma Carl Honoré. El autor de “Bajo presión” afirma en este libro que los adultos hemos secuestrado la niñez y aplicamos la cultura del perfeccionismo consumista a toda nuestra vida, incluídos nuestros hijos. Honoré reclama una relajación en la planificación de la agenda del niño, más espacio para las emociones y tiempo para jugar. También es interesante la crítica que hace a la cautividad a la que es sometida la infancia, “de casa al cole atada en el coche” y siempre supervisada por los adultos. Esta observación entronca con el proyecto “Ciudad de los Niños” del pedagogo Francesco Tonucci, una propuesta que nace en 1991 en Fano (Italia) y que pretende tomar a los niños como parámetro y garantía de las necesidades de todos los ciudadanos en el gobierno de una ciudad. Se trata de construir una ciudad diversa y mejor para todos, en la que los niños puedan vivir de manera más autónoma y participativa. El eje central de todo el proyecto es la autonomía infantil: “Desde el inicio el proyecto ha asumido como uno de sus objetivos principales el hacer posible que los niños puedan salir de casa sin ser acompañados, para poder encontrarse con sus amigos y jugar en los espacios públicos de su ciudad: desde el patio de casa, a la acera, de la plaza al jardín. La necesidad de tener siempre el control directo de los adultos, impide a los niños vivir experiencias fundamentales, como explorar, descubrir, la aventura, la sorpresa, superando progresivamente los riesgos necesarios. La imposibilidad de probar estas emociones y de construir estos conocimientos, crea graves lagunas en la construcción de una personalidad adulta, en las reglas de comportamiento, de conocimiento y de defensa.”
Una ciudad amigable para los niños es también una buena ciudad para el resto de ciudadanos. Caminos escolares, pacificación de centros urbanos, desplazamientos en bicicleta… todo ello va configurando poco a poco una ciudad diferente, más tranquila, más humana.

Muchas ciudades españolas han iniciado en los últimos años algunos proyectos de pacificación de los centros urbanos. También han impulsado iniciativas como los caminos escolares, que van mucho más allá de facilitar el trayecto a la escuela de los niños. De hecho, contando con la complicidad de familias, escuelas, comerciantes, asociaciones y ayuntamiento, se consigue convertir estos humildes caminos escolares en herramientas de transformación de las ciudades. No solo se trata de calidad de vida de la infancia y derecho a la autonomía personal de los niños sino también de fomentar la cohesión social y construir entre todos un modelo de ciudad diferente, promoviendo cambios a nivel de tráfico y urbanismo pero también de costumbres, valores y actitudes.

¿Conocéis de primera mano iniciativas de pacificación de nucleos urbanos, caminos escolares y ciudades amigables para los niños? ¡Compartid vuestra experiencia con un comentario!

Algunas lecturas recomendadas:



dilluns, 25 de febrer de 2013

Arquitectura escolar a Finlàndia


Article original aparegut a Kireei el 12 de febrer de 2012: Arquitectura escolar en Finlandia.


Cuando todavía en las redes sociales y en la calle resuenan los comentarios sobre el reportaje de Salvados dedicado a la educación, os traemos unas imágenes que hemos encontrado en el blog Aprender de Finlandia, un espacio dedicado a divulgar y analizar los elementos que hacen de la escuela finlandesa un ejemplo mundial de equidad y excelencia educativa.

Entre todos los interesantes artículos que comparte este blog hay una reflexión sobre la arquitectura escolar a través del libro The Best School in the World: Seven Finnish Examples from the 21st Century. Tan acostumbradas deben estar las instituciones finlandesas a ser interrogadas acerca de estas cuestiones que el Museo de Arquitectura Finlandesa (MFA) ha decidido editar este libro en inglés pensando en un público internacional. Podéis ver y descargar el catálogo en pdf desde issuu (para bajarlo hay que registrase o acceder desde Facebook).

Hace un tiempo hablamos aquí en Kireei de la estética en la escuela y ya entonces hubo alguna lectora que hizo referencia también a la importancia de la arquitectura escolar. Pues bien, he aquí algunos ejemplos finlandeses extraídos del libro editado por el MFA:






La educación en Finlandia se concibe como una cuestión nacional de primer orden, y han apostado por un aprendizaje activo basado en la experiencia. Creen que los alumnos adquieren los conocimientos a través de su aplicación, y que es crucial ofrecer aprendizajes significativos. Para ello utilizan múltiples técnicas y formas de trabajo, y la manera de trabajar no es ajena a los espacios donde se lleva a cabo.

Aprender, según las instituciones educativas finlandesas, es una actividad muy dependiente del contexto. Las estrategias de enseñanza están influenciadas por varios factores ambientales y el aprendizaje es inseparable del entorno físico en el que se produce. Por lo tanto, diseñan sus escuelas pensando qué actividades van a llevarse a cabo en cada espacio y de qué manera pueden favorecer las dinámicas más efectivas para que los alumnos aprendan.

Destacan en los entornos escolares finlandeses los espacios abiertos, las salas polivalentes, los espacios adaptables a diferentes funciones así como los pensados específicamente para ciertas actividades. Siempre buscan maximizar la luz solar debido al riguroso clima finlandés pero también por la importancia de la luminosidad para crear un clima de trabajo sano, alegre y positivo. Por esto también buscan ofrecer el máximo confort ambiental, sonoro y visual. Sus edificios no son tanto un lucimiento arquitectónico como una búsqueda de la funcionalidad requerida.

Si os interesa un ejemplo concreto de esta experiencia de éxito, podéis pasar un día en la escuela de primaria Strömberg

dimecres, 20 de febrer de 2013

El temps o la vida


Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 3 (hivern 2012-2013). 
El número 3 de la revista estava dedicat en el seu conjunt a la LENTITUD.

Fotografia de Jackie Rueda de l'article a la revista 
(on surten les seves pròpies fotografies).


¿El tiempo o la vida?



“¡Estamos sobre el promontorio más elevado de los siglos! ¿Por qué deberíamos protegernos si pretendemos derribar las misteriosas puertas del Imposible? El Tiempo y el Espacio morirán mañana. Vivimos ya en lo absoluto porque ya hemos creado la eterna velocidad omnipresente.” Este es el punto 8 del Manifiesto Futurista de Marinetti, texto que supuso el punto de partida del Futurismo, un movimiento artístico de vanguardia que, con el paso del tiempo, se desveló como parte del caldo de cultivo que permitió el auge del fascismo. La eterna velocidad omnipresente: el culto a la máquina, a la carrera, a la bofetada, al puñetazo, a la guerra, al salto mortal… 

No quiero, ni pretendo, hacer una crítica moral a un movimiento artístico que sería muy pobremente juzgado desde una visión parcial e inexperta como la mía. Sin embargo, algo de este manifiesto nos recuerda la vida atropellada que muchas generaciones han llevado desde hace demasiado. Casi no hay tiempo para pensar en lo que se hace porque siempre hay algo que hacer de manera urgente. Más rápido, más rápido, lo queremos todo ya, lo necesitamos inmediatamente, lo devoramos con avidez y lo dejamos atrás sin parar de correr. Esta es la base de un sistema económico que se asenta en el consumo, en crear necesidades para colocar cada vez más productos en vez de cubrir las necesidades reales de la manera más efectiva y sostenible. De igual modo que nuestra economía se ha basado en traer al presente la riqueza futura, hipotecando a las siguientes generaciones, parece que en nuestra vida cotidiana se impone conseguir hoy a un precio muy alto aquello que hubiera llegado mañana por si mismo. En la vorágine del día a día la acción apenas deja espacio a la reflexión y hacemos las cosas sin haber sopesado los motivos para hacerlas y los objetivos que buscamos conseguir. Se ha impuesto la lógica del “cuanto antes mejor”. Naturalmente esto no deja de ser una generalización puesto que cada persona imprime a su vida un ritmo diferente, más allá de los condicionantes que se nos imponen – o que permitimos que se nos impongan.



Como reacción a esta manera apresurada de trabajar, comer, criar y educar a los niños, cultivar nuestros alimentos, relacionarnos, disfrutar del ocio y, en definitiva, vivir, han surgido voces que advierten de las nefastas consecuencias de la cultura de las prisas y loan las virtudes de la lentitud.

Si quisiéramos poner una fecha fundacional a este movimiento en defensa de la lentitud, podríamos remontarnos a 1986 cuando Carlo Petrini fundó en Italia el movimiento Slow food como oposición al Fast food. No se trataba solamente de comer con tranquilidad sino de preservar la cocina y los alimentos propios de cada ecorregión. El respeto por las tradiciones culinarias, los productos tradicionales, la educación del paladar, el rechazo al monocultivo, la crítica a los procedimientos de las grandes corporaciones alimentarias, el consumo ético y el comercio de proximidad, son algunos de los puntos que incluye el concepto Slow Food. Actualmente el movimiento está extendido por todo el mundo, con oficinas en Suiza, Alemania, Nueva York, Francia, Japón y el Reino Unido, además de la central de Bra, en el norte de Italia. Hay multitud de asociaciones Slow Food así como restaurantes “Kilómetro 0”, que se comprometen a la compra local – de productores en un radio de 100 km – y al uso de productos del Arca del Gusto – una lista de alimentos tradicionales en peligro de desaparición.

De este modo empezamos por el paladar a combatir lo que en 1982 el médico Larry Dossey bautizó como “la enfermedad del tiempo”; es decir, la creencia obsesiva de que “el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad y se debe pedalear cada vez más rápido para mantenerse vivo”. Dossey no había inventado nada nuevo solo había llevado al terreno médico lo que una década antes Michael Ende había reflejado en “Momo”. En esta novela se describen los hombres grises, gestores del Banco de Tiempo, que convencen a la gente para ahorrar un tiempo que jamás se recupera, conviertiendo la vida en estéril, monótona y apresurada. Este es el drama de un ahorrador de tiempo, el señor Fusi, engañado por los hombres grises: “Había caído sobre él una especie de obsesión ciega. Y si alguna vez se daba cuenta de que sus días se volvían más y más cortos, ahorraba con mayor obsesión”. Es lo mismo que afirma Carl Honoré, el autor de “Elogio de la lentitud”: “Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

Por el camino nos perdemos sabores, experiencias, relaciones, e incluso la infancia de nuestros hijos. Cambiamos tiempo por dinero que gastamos en cosas que no podemos disfrutar o que quizá no valen el tiempo que hemos invertido para conseguirlo. “Es mejor dedicar dinero a tener tiempo que dedicar tiempo a conseguir dinero”, afirmaba hace poco en una entrevista el corredor de montaña Kilian Jornet. Y es que la lentitud no significa moverse como un caracol, invirtiendo tiempos dilatados en cada actividad diaria. Se puede vivir lentamente mientras se corre. La lentitud es vivir haciendo lo que se desea, consiguiendo el tiempo necesario para aquello que vale la pena y descubriendo la paradoja de que el tiempo consumido sin ser vivido no es tiempo ahorrado sino desperdiciado.

Puede considerarse una frivolidad hablar de lentitud y de disfrute en momentos de crisis, cuando todo esto parece un lujo al alcance de unos pocos privilegiados con dinero suficiente para comprar su tiempo y dedicarse a la contemplación. Una creencia errónea, pues vida lenta no es contemplación improductiva. Vida lenta es trabajo bien hecho, es centrarse en lo importante, es eficiencia, es plenitud. Eso opina Carl Honoré cuando afirma que trabajar menos es trabajar mejor, que la lentitud nos permite ser más creativos y que es necesario plantearse seriamente a qué dedicamos nuestro tiempo. La pregunta más importante de todas, según él, es “¿para qué es la vida?”.

Mientras contestamos esa pregunta trascendental quizá nos sintamos inclinados a pensar en grandes vocaciones, en pasiones en las que volcarse, en oficios que nos hagan sentir realizados. Seguramente la mayoría de nosotros olvidemos, sin ser conscientes de ello, que la vida no empieza en la adultez y que los niños son personas, no proyectos de persona. Por lo tanto su tiempo es tan valioso como el nuestro y su derecho al disfrute igual de importante. Pero no es solo por placer – ¡o por salud mental! –  que la lentitud debe hacerse presente en la vida de los niños. Tal como afirma el maestro Joan Domènech “la educación, por naturaleza, es una actividad lenta. Los procesos educativos son lentos, porque los aprendizajes forman parte de un recorrido que pasa por una multiplicidad de estadios y de momentos”. Más, antes, y más rápido, no significan mejor. No respetar los ritmos de maduración de los niños, no tener en cuenta las diferencias individuales, ni dedicar a cada aprendizaje el tiempo requerido, solo puede desembocar en fracaso. Buscando la excelencia por vías inadecuadas conseguiremos pobres resultados académicos al inaceptable precio de niños infelices, estresados y ansiosos. Por otra parte, educación lenta no significa recrearse innecesariamente en contenidos superados ni hacerlo todo despacio. Significa encontrar el tiempo justo para cada persona y cada actividad; es decir, administrar el tiempo con sabiduría en el ámbito escolar.

¿Y fuera de la escuela? “Presionamos tanto a nuestros hijos que no les dejamos elegir su camino”, afirma Carl Honoré. El autor de “Bajo presión” afirma en este libro que los adultos hemos secuestrado la niñez y aplicamos la cultura del perfeccionismo consumista a toda nuestra vida, incluídos nuestros hijos. Honoré reclama una relajación en la planificación de la agenda del niño, más espacio para las emociones y tiempo para jugar. También es interesante la crítica que hace a la cautividad a la que es sometida la infancia, “de casa al cole atada en el coche” y siempre supervisada por los adultos. Esta observación entronca con el proyecto “Ciudad de los Niños” del pedagogo Francesco Tonucci, una propuesta que nace en 1991 en Fano (Italia) y que pretende tomar a los niños como parámetro y garantía de las necesidades de todos los ciudadanos en el gobierno de una ciudad. Se trata de construir una ciudad diversa y mejor para todos, en la que los niños puedan vivir de manera más autónoma y participativa. El eje central de todo el proyecto es la autonomía infantil: “Desde el inicio el proyecto ha asumido como uno de sus objetivos principales el hacer posible que los niños puedan salir de casa sin ser acompañados, para poder encontrarse con sus amigos y jugar en los espacios públicos de su ciudad: desde el patio de casa, a la acera, de la plaza al jardín. La necesidad de tener siempre el control directo de los adultos, impide a los niños vivir experiencias fundamentales, como explorar, descubrir, la aventura, la sorpresa, superando progresivamente los riesgos necesarios. La imposibilidad de probar estas emociones y de construir estos conocimientos, crea graves lagunas en la construcción de una personalidad adulta, en las reglas de comportamiento, de conocimiento y de defensa.”

Una ciudad amigable para los niños es también una buena ciudad para el resto de ciudadanos. Caminos escolares, pacificación de centros urbanos, desplazamientos en bicicleta… todo ello va configurando poco a poco una ciudad diferente, más tranquila, más humana. Ese es también el objetivo compartido de las ciudades adheridas a la red Cittaslow, una red de municipios por la calidad de vida nacida en 1999 de la mano de Paolo Saturnini, ex alcalde de la ciudad de Greve in Chianti (Toscana). Actualmente hay una larga lista de ciudades adheridas, todas con una población menor de 50.000 habitantes. 

La multiplicidad de movimientos relacionados con la lentitud, los éxitos de ventas de libros que abogan por una vida más lenta, los proyectos relacionados con el decrecimiento, y la popularización de actividades eminentemente lentas como la horticultura o las manualidades, nos hacen pensar que algo está cambiando y que cada vez son más las personas que han descubierto la gran estafa de los ladrones de tiempo.
“Nadie se daba cuenta de que, al ahorrar tiempo, en realidad ahorraba otra cosa. Nadie quería darse cuenta de que su vida se volvía cada vez más pobre, más monótona y más fría. Los que lo sentían con claridad eran los niños, pues para ellos nadie tenía tiempo.
Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón. Y cuando más ahorraba de esto la gente, menos tenía”. (Michael Ende, en “Momo”).

Enlaces de interés:
Movimiento Slow: www.movimientoslow.com
Slow Food: www.slowfood.com, www.slowfoodfoundation.com
Slow Food España: www.slowfood.es
Ciudades Slow: www.cittaslow.org
La Ciudad de los Niños: www.lacittadeibambini.org

dilluns, 18 de febrer de 2013

Gianni Rodari




«Jo espero que aquestes pàgines puguin ser igualment útils a qui creu en la necessitat que la imaginació ocupi un lloc en l'educació; a qui tingui confiança en la creativitat infantil; a qui coneix el valor d'alliberament que pot tenir la paraula. “L'ús total de la paraula per tots” em sembla un bon lema, de bonic so democràtic. No perquè tots siguin artistes, sinó perquè ningú sigui esclau».

Gianni Rodari. Pròleg de la Gramàtica de la fantasia.

divendres, 15 de febrer de 2013

Fotografies antigues en color

Article original aparegut a Kireei el 2 de febrer de 2013: Fotografías de París en color, año 1900




Curioseando por la red encontré casualmente estas fotografías de París, tomadas entre el año 1900 y el 1920. Son fotografías en color realizadas gracias a un complejo procedimiento llamado placa autocroma, patentado en 1903 por los hermanos Lumière.

Estamos tan poco acostumbrados a ver las fotografías anteriores a la mitad del siglo XX en color que hemos interiorizado, en cierta manera, que antes el mundo era en blanco y negro. Ver imágenes tan antiguas en color nos sorprende y nos resulta chocante. A la vez, creo que el color subraya la realidad de esos escenarios. Son personas “como nosotros”. El blanco y negro, subjetivamente, me aleja a los personajes. El color me sugiere una mayor proximidad afectiva, una identificación más profunda. Miro a los niños y me parecen más parecidos que nunca a nuestros propios niños de hoy en día. Pensar que si alguno vive será un venerable centenario…

Y esos hombres y mujeres que quien sabe cuanto tiempo hace que abandonaron este mundo y, sin embargo, ahí están, con esas expresiones vivas, de curiosidad hacia la cámara. Me invade una cierta sensación de desasosiego, de conciencia de paso del tiempo. Como si estuviera mirando por un agujero a través de los años, a un siglo atrás. Ahí, vivo, como si acabara de ser capturado.

En cierto modo, me da la sensación que de igual modo que yo estoy observando el pasado, alguien está cien años en el futuro haciendo las mismas reflexiones mientras contempla nuestro tiempo, capturado inmóvil en una instantánea, y preguntándose qué fue de nosotros.

Esos paisajes parisinos por los que podemos habernos paseado muchos de nosotros están ahí, casi inalterables. Podemos tocar las mismas piedras pero ya no están esas personas, separadas de nosotros por el paso del tiempo, igual que a nosotros nos separan los años de aquellos que habitarán nuestras casas y pisarán nuestras calles en el siglo XXII.

¿Cómo queremos que nos vean? En parte, depende de nosotros, de cómo vivamos y de con qué mirada nos enfrentemos al fotógrafo.

Mirar al objetivo de una cámara es mirar al futuro.

dimecres, 13 de febrer de 2013

Música


Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 2 (estiu 2012). 
El número 2 de la revista estava dedicat en el seu conjunt a la MÚSICA.


Il·lustració d'Estíbaliz Hernández.


Música

Parece fácil definir lo que es la música; todo el mundo la reconoce si la oye, ¿no es cierto? Es una combinación de sonidos y silencios con un propósito estético. Dejemos de lado un momento lo del propósito estético y centrémonos en el sonido y su ausencia. Si nos limitamos a la física, el sonido no es más que una onda mecánica que se desplaza por un medio que, en nuestro caso, suele ser el aire. Pero para que podamos estar ahora hablando de esa onda mecánica y sus efectos en nosotros, seres humanos, es necesario que seamos receptores de esa onda y que produzca en nosotros una sensación. Así, el viaje del sonido no acaba en nuestro tímpano sino que empieza allí una verdadera transformación, convirtiéndose primero en un proceso hidráulico y más tarde electroquímico para ser finalmente procesada por el córtex auditivo. El sonido no lo producen los instrumentos musicales ni las voces, lo crea nuestro cerebro interpretando las informaciones procesadas que recibe.

Esas informaciones que contribuyen a que nuestro cerebro interprete de un modo u otro ciertos sonidos no solamente son de naturaleza auditiva. Imaginamos sonidos y los asociamos a lo que vemos o sentimos, utilizamos nuestra experiencia y emociones para dotar de significado a las informaciones que nos llegan del exterior y construimos nuestra propia percepción. Pero ni siquiera toda la información procedente de la onda mecánica que es el sonido llega íntegramente a través del tímpano. Así lo demuestra, por ejemplo, la virtuosa percusionista Evelyn Glennie, sorda desde los 12 años. Para ella, el cuerpo es una gran caja de resonancia, extremadamente sensible. Poniéndonos en su lugar podemos imaginar la música no solamente como un fenómeno estrictamente auditivo y cerebral, sino también como una experiencia total, como una vivencia física.

Volvamos ahora al principio, a la definición de música. Ya tenemos nuestra interpretación de esa sucesión de ondas mecánicas que ha llegado a nosotros. ¿Es música? Quizá estemos tentados de decir que lo es si tiene una intencionalidad estética, nos guste a nosotros o no. Pero hay manifestaciones musicales sin intención artística, solamente religiosa o comunicativa, como sucede en muchas sociedades tradicionales. Tal vez sea más adecuado, pues, hablar de una manifestación cultural sonora. ¡Qué definición tan vaga! ¡Es música lo que no es ruido! Aceptando esta última afirmación nos toparíamos, por ejemplo, con discusiones intergeneracionales acerca de la música “de ahora” que solo es ruido, no como la “de antes”.

Howard Gardner, el psicólogo que formuló la existencia de las inteligencias múltiples, afirma que una de ellas es la musical. Si es así, la música debe ser algo consustancial al ser humano, aunque haya algunos especímenes que no estén particularmente bien dotados para ella. Por eso, más allá de opiniones personales y subjetivas, hay quien afirma que la música es un lenguaje universal y que la música es música en tanto que los seres humanos, que venimos de serie con capacidades musicales, la reconocemos como tal y percibimos un orden o estructura en esa sucesión de sonidos.

Y si existe una inteligencia musical, ¿existe un área del cerebro específica para la música? Los estudios más recientes revelan que ambos hemisferios están involucrados en el procesamiento musical, con diversas zonas especializadas (en el ritmo, en la melodía, en la armonía, en el timbre...). Muchas de estas zonas participan también de procesamientos no musicales, por ejemplo el habla. Un caso extremo sería el de las lenguas tonales, como el chino, en que el tono no solo cambia el significado de una frase, como en nuestro idioma, sino incluso de las palabras. A su vez, también se activan zonas no estrictamente relacionadas con la música, como la memoria o las que controlan el movimiento (aunque no nos estemos moviendo). Esto no nos debería sorprender ya que es coherente con lo explicado antes acerca de todos los elementos que entran en juego a la hora de interpretar una información sonora.

Por eso, cuando hay una lesión cerebral en algun área del cerebro que tiene relación con la música, los efectos pueden ser inesperados y sorprendentes. Un ejemplo es el caso de Maurice Ravel que al final de su vida sufrió una isquemia cerebral y quedó incapacitado para escribir música, pero podía recordar sus antiguas composiciones y tocar escalas. Tenía en mente una nueva composición musical, podía oirla en su cabeza, pero jamás logró escribir una nota más.

La amnesia del músico británico Clive Wearing es todavía más dramática. Tras una encefalitis perdió la capacidad de almacenar nuevos recuerdos, y su memoria duraba entre 7 y 30 segundos. Apenas recordaba detalles de su vida anterior. Sin embargo, mantuvo intacta la capacidad de tocar el piano, aunque nada más acabar de tocar una pieza, olvidaba que lo había hecho.

Podemos ir más allá en las relaciones de las áreas dedicadas a la audición con el resto del cerebro y hablar del poder evocador de la música.  Una canción puede transportarnos a vivencias del pasado, traernos a la mente cosas, escenarios o personas. Por ejemplo, “Every breath you take” de The Police, a mi me da mucha sed, veo burbujitas y tengo alucinaciones auditivas, porque la letra suena claramente en mi cabeza “tu vida cambió, sabes escoger, tu limón es Schweppes”. No supe hasta hace poco que la música que me hacía pensar en miel derramándose era el Minueto de Boccherini, banda sonora del famoso anuncio de Miel de la Granja San Francisco. Por supuesto la publicidad y el cine ha nexplotado con más o menos fortuna esta capacidad evocadora de la música.
Tenemos claro que la música nos hace pensar en ciertas cosas, y por lo que hemos comprobado, no necesariamente tienen algo que ver con lo que el compositor tenía en mente. Pero... ¿es que la música tiene significado?

Es cierto que los compositores componen la música teniendo en cuenta las sensaciones que les despiertan ciertos temas, escenas o historias. Sin embargo, la música por si sola no contiene esos temas, escenas o historias. A lo sumo, una imagen musical de las sensaciones que despertaron en el compositor. Para el intérprete puede tener otro significado. Y para el que lo escucha otro distinto, aunque las sensaciones siempre están ahí. Me encanta el comentario de Leonard Bernstein cuando explica el significado de la Pastoral de Beethoven en sus Conciertos para Jóvenes. El primer movimiento se describe así: “Despertar de alegres sentimientos a la llegada al campo”. Dice Bernstein: “Realmente suena feliz, alegre y bonito. Pero esos alegres sentimientos también podrían tener otra causa. Supongamos que Beethoven hubiese escrito en la partitura: «Sentimientos alegres porque mi tía me ha dejado un millón de dólares», también podía haber compuesto esta música alegre, y hubiese sido tan buena y tan alegre.”

Así que una composición musical no habla de cosas concretas, aunque una historia asociada nos ayude a comprenderla mejor y nos facilita el acercamiento a la música. Por eso se usan composiciones como “Pedro y el lobo” para introducir a los niños en la música clásica, aunque en realidad la música no trata de historias sino de sensaciones: de triunfo, de desesperación, de agitación, de calma...  Nuestro equipaje emocional determina qué y cómo lo escuchamos, lo que sentimos, lo que significa. No experimentamos lo mismo que el intérprete, aunque esté ahí, ante nosotros. ¿Qué pasa por la mente de Glenn Gould cuando interpeta las Variaciones Goldberg? Seguramente no lo mismo que imaginaba Bach cuando las compuso. ¿Sienten lo mismo Pau Casals y Rostropovich cuando tocan las suites para violonchelo de manera tan diferente? ¿En qué piensa Diana Damrau cuando interpreta el aria de la Reina de la Noche? La pareja que escoge Every Breath You Take para el día de su boda seguro que no piensa en lo mismo que Sting, muerto de celos, cuando la compuso tras su divorcio. Y eso que en este caso hay una letra que apoya el relato.

¿Aprender música?

Aprender música es como aprender cualquier otra cosa. No aprendes de verdad la física hasta que ves en esas fórmulas un atractivo, hasta que vislumbras a través de ellas los misterios del universo. No aprendes matemáticas hasta que te enamoras de la regularidad y precisión con la que describen fenómenos de nuestra realidad. No aprendes historia hasta que no encuentras el hilo que cose a una generación con otra, que liga a las mentes que dejaron una huella en el tiempo, a las personas anónimas que vieron el mundo de otro modo y cargaron otras mochilas muy distintas de las nuestras.  Así, si solo escuchas música culta porque es bueno para tu formación, si solo aprendes solfeo como una técnica vacía, no estás aprendiendo música. La música se vive; por eso los verdaderos músicos no ejecutan una pieza musical, la interpretan.
La música es también un lenguaje. Uno de los cien lenguajes de la infancia que defendía Loris Malaguzzi, si se me permite la licencia. Esta sería razón suficiente para aprender música en la escuela, aprenderla de verdad, desde la emoción, desde el juego. A través de la vivencia.

El maestro invita a un concierto
Leonard Bernstein
Ilustraciones: María Pascual
Siruela, 2011
¡Magnífico! ¡Extraordinario! 15 lecciones magistrales del director y compositor Leonard Bernstein para ayudarnos a entender la música. No es nada reciente, este libro recoge sus famosos “Conciertos para jóvenes”. Famosos, pero de los que yo no sabía nada. Y es que mi ignorancia musical no me permite ni siquiera seguir los ejemplos del libro, qué poca cultura musical que se recibe en este país, que no salimos de la escuela sabiendo leer ni la más sencilla de las partituras. Pero eso no es problema, me senté frente a youtube, busqué “Young People’s Concerts” y fui leyendo mientras escuchaba el programa original (¡empieza en 1958!). El programa es en inglés, pero para suplir nuestras posibles carencias en el idioma (otra laguna común) y para saborearlo con más clama, está el libro.



dilluns, 11 de febrer de 2013

Philippe Meirieu


"Dues qüestions ens han de preocupar, en el fons, a nosaltres, els adults. La primera és ben sabuda, és la qüestió de quin món deixarem als nostres infants. I sabem prou que tenim molt a fer perquè aquest món sigui habitable, i molt a fer urgentment. Però hi ha una segona qüestió absolutament important i essencial, que és la de quins infants li deixem al món. Li deixarem uns infants capaços de pensar i reflexionar, o uns infants totalment manipulats per una societat de consum que en farà el que voldrà?"

Comerços centenaris



Article original aparegut a Kireei l'1 de febrer de 2012: Comercios centenarios
Foto de Meisi 

Tempus fugit, pero las piedras permanecen. Al menos, a escala histórica, porque a escala geológica todo se diluye en un cambio constante, ni las montañas lo resisten. A nuestra minúscula y brevísima escala humana, cien años son muchos. En cien años discurren varias generaciones, cambian la ropa, los peinados, los hábitos y hasta la manera de hablar. Cien años suele ser el umbral máximo hasta el que una persona corriente puede retroceder reconstruyendo la historia familiar. Más allá, la archivística y la imaginación rellenan huecos hasta que el rastro se pierde.
A no ser que vivas en una urbanización de construcción reciente, un paseo por el pueblo o la ciudad te recordará todo lo que fue antes que tú y serás consciente de todas las manos que tocaron aquel pomo, las bocas que saciaron su sed en aquella fuente, los pies que desgastaron aquellos peldaños. Rastros invisibles de otras vidas. Es posible incluso que en tu paseo te encuentres con un establecimiento centenario. Entrarás y tras el mostrador verás al bisnieto del fundador y, a su espalda, una fotografía sepia. Un hombre con mostacho y delantal, dos mujeres con falda hasta los pies, un niño con las rodillas peladas, la misma fachada, la misma puerta que acabas de atravesar. Casa fundada en 1886. Si hablas con el dueño te explicará su infancia entre las cajas del almacén, los relatos del abuelo acerca de cómo el bisabuelo inició el negocio, las historias de cuando su madre quedó al cargo porque el padre estaba en la guerra, y de cuando les concedieron cierta distinción, y del día que unos turistas entraron guía en mano para ver los mosaicos del suelo. Te hablará de la crisis, del futuro, de su hija, de sus nietos. Te hablará de su oficio, y de cómo ha cambiado todo, no importa si es farmacéutico, charcutero, panadero o sastre.
Y cuando salgas y sigas paseando por delante de outlets, franquicias, bazares y tiendas de telefonía, te reconfortará que existan esas anclas de larga cadena que nos unen al pasado y nos recuerdan de dónde venimos.
Todo esto para decir que me gustan los viejos comercios. Me hacen sentir bien.

dijous, 7 de febrer de 2013

Francesco Tonucci


“Els nens aprenen molt més jugant que estudiant, fent que mirant. El joc que fan sols sense el control dels adults és la forma cultural més alta que toca un nen. Els nens que han pogut jugar bé i durant molt de temps seran adults millors.”
(Francesco Tonucci)


El bosc

Article publicat originalment a la revista Kireei magazine 1 (hivern 2011-2012). No és ben bé un article perquè consta de diverses seccions al voltant del tema del bosc.
El número 1 de la revista estava dedicat en el seu conjunt al JOC.



Imatge de Recyclart.



El bosque

bosque.
1. m. Sitio poblado de árboles y matas.
2. m. Abundancia desordenada de algo, confusión, cuestión intrincada.

Estas son las dos primeras acepciones de la palabra ‘bosque’ que encontramos en el Diccionario de la Lengua Española de la RAE. La primera, sin dejar de ser ajustada a la realidad, es una pobre descripción del entorno natural cargado de vida y de historias que es el bosque. La segunda, aunque suena algo peyorativa, nos sugiere un reto, porque no hay reto sin caos al que poner orden, dominar y comprender. Afrontar ese reto es lo que han hecho durante milenios los cuentos y leyendas forjados alrededor de los misterios del bosque, desde Caperucita Roja hasta Winny de Puh, pasando por la casita de chocolate o Perico el conejo. El bosque y sus lindes, donde lo salvaje entra en contacto con los civilizados y ordenados campos de cultivo, son el escenario de infinidad de historias que seguimos disfrutando como parte de nuestra memoria colectiva y también continúan nutriendo nuevas obras literiarias. De un modo similar, se aproximan los niños a la naturaleza a través del juego:
Exploran el entorno, observan el paisaje, encuentran y coleccionan tesoros, experimentan los cambios estacionales, miden sus fuerzas, desarrollan su equilibrio, buscan sus límites, ponen a prueba su valor y su prudencia, imaginan caminos, intuyen el ciclo de la vida, memorizan olores, se asombran con lo enorme y con lo minúsculo, persiguen insectos, trepan a los árboles, adivinan de quien es cada huella, recogen frutos y setas, saborean moras de zarza, construyen cabañas, se pinchan accidentalmente con espinas, pisan barro, se mojan en el arroyo, viajan a otros mundos.
En esa abundancia desordenada, confusa e intricada, los niños juegan y, jugando, construyen su mundo mientras van poniendo orden en ese caos a base de mirarlo de cerca, comprenderlo y amarlo. Satisfacen así el impulso de explorar y manipular, que es tan fuerte como el hambre y la sed y que los niños colman a través del JUEGO.

La infancia del naturalista

Gerald Durrell (Jamshedpur, India, 1925 – Isla de Jersey, 1995) fue un famoso naturalista y zoólogo británico. Crítico con la manera de gestionar los zoológicos de su época, creó el suyo propio con la idea de dedicarlo a la conservación y protección de especies en peligro, una idea avanzada en aquel momento.
También realizó numerosos documentales sobre animales para la BBC, organizó expediciones científicas por todo el mundo a lo largo de cincuenta años y fue autor de más de treinta libros de ficción, de no ficción y autobiográficos.
Entre todos sus títulos destaca la primera entrega de la llamada trilogía de Corfú, Mi familia y otros animales, donde relata su infancia en esa isla griega. Su hermano Lawrence – también escritor – la definió como “una obra maestra del humor, la alegría y la poesía” y en ella nos presenta un mundo en el que personas y animales viven juntos (aunque a veces los mayores no se den cuenta), y en el que la naturaleza está muy presente.
Para el Gerald niño, que entraba en la segunda década de su vida, todo bicho ejercía una sincera atracción sobre él. Debajo de cada piedra, en la copa de cada árbol, en el fondo de cada riachuelo, entre los arbustos o bajo tierra, en todas partes bullía la vida, llamándolo irresistiblemente. La libertad de la que gozó en aquel entorno natural le permitió desarrollar su amor por los animales y por la naturaleza en general.
Mi familia y otros animales es una lectura imprescindible para aquellos padres que tengan pequeños naturalistas en potencia en casa, para adolescentes amantes de los animales, o para todo aquel que haya sentido, en algún momento de su vida, fascinación por los nidos de los pájaros o por las lagartijas que se esconden entre las piedras de una pared. Es decir, imprescindible para casi todo el mundo.

Mi familia y otros animales
Gerald Durrell
Alianza editorial, 2010
ISBN: 978-84-206-7415-5


Llevarse el bosque a casa

En los años 80 la psicóloga infantil Elinor Goldschmeid acuñó el término “juego heurístico” para referirse a la actividad que desarrollan los niños pequeños cuando exploran las propiedades de los objetos cotidianos. Muchas escuelas infantiles han adoptado esta idea y, a partir de una cesta de tesoros llena de objetos corrientes, organizan dos tipos de actividades, según la edad: los bebés más pequeños exploran los objetos; los mayores investigan para qué pueden servir.
Esa cesta de tesoros, llena de cucharas de palo, llaves, tubos de papel, pelotas, ovillos de lana, pinceles y piñas, puede sobrevivir más allá de las primeras etapas de la vida. Cuando los niños se van haciendo más mayores y son capaces de mantener el interés en las cosas de manera sostenida, suelen disfrutar recogiendo y guardando piedras, palos, cortezas, frutos y todo tipo de elementos naturales que encuentran en sus paseos por la naturaleza. Muchas veces los adultos les aconsejan tirar esa cosas, “que no sirven para nada”, pero lo cierto es que sí que sirven:
Recoger elementos naturales en el bosque es una buena ocasión de enseñar a los niños qué puede sacarse del bosque y qué no puede tocarse, para no estropear el hábitat de los seres vivos que allí se encuentran.
Para jugar no son necesarios los juguetes, pero algunos complementos son útiles: un palo que hace de cuchara, una hoja que se convierte en la capa de una piña humanoide, una piedra que es una casa… Con elementos naturales también podemos construir un molino de agua o una cabaña. La creatividad y la imaginación son gratis y proporcionan una gran satisfacción, además de horas de diversión.
Llevarse a casa los elementos que recogemos en plena naturaleza nos recuerda la experiencia vivida y, si lo usamos para decorar, cultiva el sentido estético.
Hacer colecciones es una manera de aprender a mantener un interés, clasificar objetos y observar de manera más profunda el entorno.

Una cesta, una caja o cualquier recipiente que nos guste puede servir para guardar esos pequeños hallazgos. Pero no olvidemos que es el niño quien debe tomar la iniciativa: dejemos que se interese por coleccionar tesoros de manera espontánea o, de lo contrario, desaparecerá la satisfacción personal de hacer sus propios descubrimientos.

Año Internacional del Bosque

La ONU declaró este año 2011 que ya se acaba ‘Año Internacional de los Bosques’, destacando la importancia de las areas forestales para la subsistencia humana. Los bosques son el pulmón del planeta, cobijan a millones de especies y son el hogar y la fuente de recursos de muchas poblaciones humanas.
Si los bosques significan algo para los niños, será más fácil que deseen conservarlos. Amor por los bosques y conocimiento de la importancia de la biodiversidad se pueden conseguir también a través del juego.


El bosque en la literatura infantil

Los bosques siempre han sido escenario privilegiado de los cuentos. Magia y misterio se esconden en lo más profundo del bosque, donde conviven los animales y las plantas del mundo real con los mitos y los seres surgidos de la imaginación.

Caperucita roja
Charles Perrault, Jacob y Wilhelm Grimm
Ilustraciones: Ludwig Tieck
Nordica Libros, 2011
ISBN: 978-84-92683-42-0

Hansel y Gretel
Jacob y Wilhelm Grimm
Ilustraciones: Lorenzo Mattotti
Libros del Zorro Rojo, 2010
ISBN: 978-84-92412-56-3

Historias de Winny de Puh
A.A. Milne
Ilustraciones: E.H. Shepard
Valdemar, 2000
ISBN: 978-84-7702-312-8

El viento en los sauces
Kenneth Grahame
Ilustraciones: E.H. Shepard, Arthur Rackham
Valdemar, 2008
ISBN: 978-84-7702-598-6

Las cuatro estaciones de El seto de la zarza y otras historias
Jill Barklem
Noguer, 2010
ISBN: 978-84-279-0112-4

Los niños del bosque
Elsa Beskow
Ing edicions, 2003
ISBN: 978-84-89825-10-9

Las travesuras de Perico el conejo y sus amigos
Beatrix Potter
Beascoa, 2010
ISBN: 978-84-488-3116-5

En el bosque
Anthony Browne
FCE, 2004
ISBN: 978-968-16-7218-8

Secretos en el bosque
Jimmy Liao
Barbara Fiore, 2008
ISBN: 978-84-936185-3-7

Arándanos para Sal
Robert McCloskey
Corimbo, 2010
ISBN: 978-84-8470-366-2

Un secreto del bosque
Javier Sobrino
Ilustraciones: Elena Odriozola
OQO, 2008
ISBN: 978-84-9871-038-0

El árbol sin fin
Claude Ponti
Corimbo, 2006
ISBN: 978-84-8470-231-3